Los trabajos de Persiles y Sigismunda. Miguel de Cervantes. Tercer comentario: Libros III y IV. (IV centenario de la novela póstuma, 1617-2017). (3).

El tercer comentario, como los dos anteriores, lo haremos al hilo de los textos más significativos de la obra con breves reflexiones sobre los valores éticos y educativos, a modo de fragmentos ejemplares, dicho en términos cervantinos. Por esta razón, tras la exposición de los textos claves de Persiles y Sigismunda de los Libros I y II, tenemos la impresión de que el relato cervantino se asemeja a una ruta de peregrinos del Camino de Santiago, en el que cada uno, nacido en un país y educado en una cultura diferente, cuenta su historia y pone en común su experiencia de la vida, enriqueciéndose todos y cada uno de los participantes con la de los demás. El espacio narrativo de la novela es, principalmente, un barco que navega desde la Isla Bárbara en Noruega, pasando por Dinamarca, Inglaterra, Francia, Portugal, España e Italia, hasta la ciudad eterna: Roma. El homo viator (hombre viajero), eje de esta novela inacabada, somos todos, como peregrinos de la vida con sus luces y sus sombras, buscando nuestra salvación, el sentido último de la vida, bien sea por la opción del cristianismo como Cervantes, bien sea por otra legítima opción existencial. 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al comienzo del Libro III, encontramos con una meditación de Cervantes, que no parece ser el narrador del Quijote: I. Como están nuestras almas siempre en continuo movimiento, y no pueden parar ni sosegar sino en su centro, que es Dios, para quien fueron criadas, no es maravilla que nuestros pensamientos se muden: que éste se tome, aquél se deje, uno se prosiga y otro se olvide; y el que más cerca anduviere de su sosiego, ése será el mejor, cuando no se mezcle con error de entendimiento.

Como bien dice Avalle-Arce, el origen de esta idea del estado de nuestras almas es de estirpe platónico-agustiniana. Sin embargo, personalmente veo un reflejo místico del Libro de la Vida de Teresa de Jesús que, sin duda, leyó Cervantes, y a la que dedicó una poesía. Donde dice Cervantes sosiego del alma, diría la Santa recogimiento del alma. Así ambos mirarían hacia el interior de la persona humana. Los protagonistas llegan a la ciudad de Lisboa y leemos este bello canto a la capital de Portugal:

 

Agora sabrás, bárbara mía, del modo que has de servir a Dios, con otra relación más copiosa, aunque no diferente, de la que yo te he hecho; agora verás los ricos templos en que es adorado; verás juntamente las católicas ceremonias con que se sirve, y notarás cómo la caridad cristiana está en su punto. Aquí, en esta ciudad, verás cómo son verdugos de la enfermedad muchos hospitales que la destruyen, y el que en ellos pierde la vida, envuelto en la eficacia de infinitas indulgencias, gana la del cielo. Aquí el amor y la honestidad se dan las manos, y se pasean juntos, la cortesía no deja que se le llegue la arrogancia, y la braveza no consiente que se le acerque la cobardía. Todos sus moradores son agradables, son corteses, son liberales y son enamorados, porque son discretos. La ciudad es la mayor de Europa y la de mayores tratos; en ella se descargan las riquezas del Oriente, y desde ella se reparten por el universo; su puerto es capaz, no sólo de naves que se puedan reducir a número,  sino de selvas movibles de árboles que los de las naves forman; la hermosura de las mujeres admira y enamora; la bizarría de los hombres pasma, como ellos dicen; finalmente, ésta es la tierra que da al cielo santo y copiosísimo tributo.

 

 Viajan por España y comienzan su viaje por Badajoz, allí proclaman un bello elogio de la poesía en la casa del Corregidor: La excelencia de la poesía es tan limpia como el agua clara, que a todo lo no limpio aprovecha; es como el sol, que pasa por todas las cosas inmundas sin que se le pegue nada; es habilidad, que tanto vale cuanto se estima; es un rayo que suele salir de donde está encerrado, no abrasando, sino alumbrando; es instrumento acordado que dulcemente alegra los sentidos, y, al paso del deleite, lleva consigo la honestidad

 

Sobre la dimensión moral de la poesía en el pensamiento cervantino es fundamental el libro, <Cervantes: Música y Poesía, de Juan José Pastor Comín>, profesor de la Universidad Castilla-La Mancha. En él analiza esta definición de poesía honesta y describe, en profundidad, la tradición humanística española y greco-latina de sus raíces, entre otras obras, del Timeo o de la República de Platón, y de la Poética de Aristóteles

 

 El capítulo cuarto, como otros muchos no tienen título, dado que Cervantes estaba enfermo y no pudo revisar la obra, hay un diálogo entre Auristela y Periandro sobre los trabajos de la vida:

Paréceme hermano mío -dijo Auristela a Periandro-, que los trabajos y los peligros no solamente tienen jurisdicción en el mar, sino en toda la tierra; que las desgracias e infortunios, así se encuentran sobre los levantados sobre los montes como con los escondidos en sus rincones. Esta que llaman Fortuna, de quien yo he oído hablar algunas veces, de la cual se dice que quita y da los bienes cuando, como y a quien quiere, sin duda alguna debe de ser ciega y antojadiza, pues, a nuestro parecer, levanta los que habían de estar por el suelo, y derriba los que están sobre los montes de la luna.

 

Ante esa diosa Fortuna, que a unos sonríe y a otros amarga, comparecen los protagonistas que se aferran para esquivarla, a la esperanza de compartir su peregrinación a Roma. Como en la vida misma surgen imprevistos, camino de Cáceres les apresan cuadrilleros de la Santa Hermandad que les acusan de ser ladrones y homicidas sin razón alguna. Tras ser liberados, escuchan unos divinos y humanos versos de Feliciana que hace un canto poético a la vida. Otras historias de amores y desgracias desfilan por tierras de Madrid, Toledo, Quintanar de la Orden, etcétera. Un alcalde relata la historia del libre cautivo (capítulo X) pintando en su imaginación la ciudad de Argel, vemos de nuevo que se intercalan escenas autobiográficas de Cervantes en la última novela de su vida. Se cuentan historias de los moriscos, Mahoma y los turcos que suena como un eco de la batalla de Lepanto. Pasan por Barcelona, Perpiñan y Génova, la travesía va por tierra por pueblos y ciudades al encuentro con la gente sencilla que, en cualquier momento, nos dan una lección de humanidad de su vida cotidiana, a veces, mejor que un licenciado o príncipe noble formado en la Universidad.

 

La historia, la poesía y la pintura simbolizan entre sí, y se parecen tanto que, cuando escribes historia, pintas, y cuando pintas, compones. No siempre va en un mismo peso la historia, ni la pintura pinta cosas grandes y magníficas, ni la poesía conversa siempre por los cielos. Bajezas admite la historia; la pintura, hierbas y retamas en sus cuadros; y la poesía tal vez se realza cantando cosas humildes.  Así empieza el capítulo catorce, que viene a ensalzar a los humildes luchadores, como dice Bartolomé a Periandro: Grande debe de ser, señor, la fuerza que obliga a los padres a sustentar a sus hijos; si no, dígalo aquel hombre que no quiso jugarse por no perderse, sino empeñarse por sustentar a su pobre familia. La libertad, según yo he oído decir, no debe de ser vendida por ningún dinero, y éste la vendió por tan poco, que lo llevaba la mujer en la mano. A continuación, responde Periandro con unas bellas palabras en favor del valor de la educación paterna: El hacer el padre por su hijo es hacer por sí mismo, porque mi hijo es otro yo, en el cual se dilata y se continúa el ser del padre; y, así como es cosa natural y forzosa el hacer cada uno por sí mismo, así lo es el hacer por sus hijos. Lo que no es tan natural ni tan forzoso hacer los hijos por los padres, porque el amor que el padre tiene a su hijo desciende, y el descender es caminar sin trabajo; y el amor del hijo con el padre asciende y sube, que es caminar cuesta arriba, de donde ha nacido aquel refrán: "un padre para cien hijos, antes que cien hijos para un padre. Aquí Cervantes destaca lo verdaderamente importante de la educación familiar en la formación de valores de la persona, y sus circunstancias, que diría Ortega.  

 

Aquí, en el capítulo dieciséis, un personaje hace gala de su nación: La primera persona con quien encontró Constanza fue con una moza de gentil parecer, de hasta veinte y dos años, vestida a la española, limpia y aseada, la cual, llegándose a Constanza, le dijo en lengua castellana: -¡Bendito sea Dios, que veo gente, si no de mi tierra, a lo menos de mi nación: España! ¡Bendito sea Dios, digo otra vez, que oiré decir vuesa merced, y no señoría ¡hasta los mozos de cocina! -De esa manera,  -respondió Constanza-, ¿vos, señora, española debéis de ser? -¡Y cómo si lo soy!  -respondió ella-; y aun de la mejor tierra de Castilla. -¿De cuál? -replicó Constanza. -De Talavera de la Reina (Toledo) -respondió ella.

También es muy interesante el discurso de Soldino en la cueva con otros, un retrato de los problemas del hambre, la guerra y la injusticia en la España de Carlos Quinto, en el capítulo dieciocho. Dado que esta reflexión es una invitación a la lectura de la novela, dejaré en suspenso este fragmento, en un ejercicio de lo que llamaba Ortega y Gasset, la pedagogía de la alusión.

 

El libro IV, empieza con una grata sorpresa de los dos grandes protagonistas, en un lugar muy cercano a Roma, en el que Periandro le habla, con amor, de esta bella manera a Auristela: 

Bien sabes, ¡oh señora!, que las causas que nos movieron a salir de nuestra patria y a dejar nuestro regalo fueron tan justas como necesarias. Ya los aires de Roma nos dan en el rostro; ya las esperanzas que nos sustentan nos bullen en las almas; ya ya hago cuenta que me veo en la dulce posesión esperada. Mira, señora, que será bien que des una vuelta a tus pensamientos, y, escudriñando tu voluntad, mires si estás en la entereza primera, o si lo estarás después de haber cumplido tu voto, de lo que yo no dudo, porque tu real sangre no se engendró entre promesas mentirosas, ni entre dobladas trazas. De mí te sé decir, ¡oh hermosa Sigismunda!, que este Periandro que aquí ves es el Persiles que en la casa del rey mi padre viste. Aquel, digo, que te dio palabra de ser tu esposo en los alcázares de su padre, y te la cumplirá en los desiertos de Libia, si allí la contraria fortuna nos llevase. 

 

Íbale mirando Auristela atentísimamente, maravillada de que Periandro dudase de su fe, y así le dijo:

-Sola una voluntad, ¡oh Persiles!, he tenido en toda mi vida, y ésa habrá dos años que te la entregué, no forzada, sino de mi libre albedrío; la cual tan entera y firme está agora como el primer día que te hice señor della; la cual, si es posible que se aumente, se ha aumentado y crecido entre los muchos trabajos que hemos pasado. De que tú estés firme en la tuya me mostraré tan agradecida que, en cumpliendo mi voto, haré que se vuelvan en posesión tus esperanzas. Pero dime, ¿qué haremos después que una misma coyunda nos ate y un mismo yugo oprima nuestros cuellos? Lejos nos hallamos de nuestras tierras, no conocidos de nadie en las ajenas, sin arrimo que sustente la yedra de nuestras incomodidades. No digo esto porque me falte el ánimo de sufrir todas las del mundo, como esté contigo, sino dígolo porque cualquiera necesidad tuya me ha de quitar la vida. Hasta aquí, o poco menos de hasta aquí, padecía mi alma en sí sola; pero de aquí adelante padeceré en ella y en la tuya, aunque he dicho mal en partir estas dos almas, pues no son más que una.

 

A continuación, Cervantes nos brinda una joya literaria, un libro (muy de gusto de los jóvenes que apuntan en sus agendas frases bonitas, o como dice el texto, sentencias sacadas de la verdad): Flor de aforismos peregrinos. Si en el Quijote aparecen los refranes por caminos y ventas, en Persiles y Sigismunda, son los aforismos que hablan de la honra y la vida:

 

Más quiero ser mala con esperanza de ser buena, que buena con propósito de ser mala; y díjome que firmase: La peregrina de Talavera. Sucedióle el bárbaro Antonio, y escribió: La honra que se alcanza por la guerra, como se graba en láminas de bronce y con puntas de acero, es más firme que las demás honras; y firmóse: Antonio el Bárbaro.

Y, como allí no había más hombres, rogó el peregrino que también aquellas damas escribiesen, y fue la primera que escribió Ruperta, y dijo: La hermosura que se acompaña con la honestidad es hermosura, y la que no, no es más de un buen parecer; y firmó. Segundóla Auristela, y, tomando la pluma, dijo: La mejor dote que puede llevar la mujer principal es la honestidad, porque la hermosura y la riqueza el tiempo la gasta o la fortuna la deshace; y firmó. A quien siguió Constanza, escribiendo: No por el suyo, sino por el parecer ajeno ha de escoger la mujer el marido; y firmó. Feliz Flora escribió también, y dijo: A mucho obligan las leyes de la obediencia forzosa, pero a mucho más las fuerzas del gusto; y firmó. Y, siguiendo Belarminia, dijo: La mujer ha de ser como el armiño, dejándose antes prender que enlodarse; y firmó. La última que escribió fue la hermosa Deleasir, y dijo: Sobre todas las acciones de esta vida tiene imperio la buena o la mala suerte, pero más sobre los casamientos. 

 

<(Ver aquí PAREMIA. La nueva Revista Digital de refranes y aforismos del Instituto Cervantes)>.

 

Más adelante viene esta perla poética cervantina dedicada a Roma:

 

¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta,

alma ciudad de Roma! A ti me inclino,

devoto, humilde y nuevo peregrino,

a quien admira ver belleza tanta.

 

Tu vista, que a tu fama se adelanta, 

al ingenio suspende, aunque divino,

de aquél que a verte y adorarte vino

con tierno afecto y con desnuda planta.

 

 

La tierra de tu suelo, que contemplo

con la sangre de mártires mezclada, 

es la reliquia universal del suelo.

 

 

 

No hay parte en ti que no sirva de ejemplo

de santidad, así como trazada

de la ciudad de Dios al gran modelo.

 

 

Por último, ilustramos el último texto de Persiles y Sigismunda con la referencia de Cervantes de su obra dramática, La conquista de Jesrusalén, obra que tuve el honor de asistir y el privilegio de gozar en el entreno mundial de Antiqua Escena. Madrid. 2016.

 

 

Aquella tarde, juntándose con otros españoles peregrinos, fue a andar las siete iglesias, entre los cuales peregrinos acertó a encontrarse con el poeta que dijo el soneto al descubrirse Roma; conociéronse, y abrazáronse, y preguntáronse de sus vidas y sucesos. El poeta peregrino le dijo que el día antes le había sucedido una cosa digna de contarse por admirable; y fue que, habiendo tenido noticia de que un monseñor clérigo de la cámara, curioso y rico, tenía un museo el más extraordinario que había en el mundo, porque no tenía figuras de personas que efectivamente hubiesen sido ni entonces lo fuesen, sino unas tablas preparadas para pintarse en ellas los personajes ilustres que estaban por venir, especialmente los que habían de ser en los venideros siglos poetas famosos, entre las cuales tablas había visto dos, que en el principio de ellas estaba escrito en la una Torcuato Tasso, y más abajo un poco decía Jerusalén libertada; en la otra estaba escrito Zárate, y más abajo Cruz y Constantino.

 

 Preguntéle al que me las enseñaba qué significaban aquellos nombres. Respondióme que se esperaba que presto se había de descubrir en la tierra la luz de un poeta que se había de llamar Torcuato Tasso, el cual había de cantar Jerusalén recuperada, con el más heroico y agradable plectro que hasta entonces ningún poeta hubiese cantado, y que casi luego le había de suceder un español, llamado Francisco López Duarte, cuya voz había de llenar las cuatro partes de la tierra, y cuya armonía había de suspender los corazones de las gentes, contando la invención de la Cruz de Cristo, con las guerras del emperador Constantino: poema verdaderamente heroico y religioso, y digno del nombre de poema.

 

Sobre esta obra ver mi conferencia en el Aula de pensamiento "Antonio Rodríguez Huéscar". Casa de Castilla-La Mancha de Madrid, en 2016:

 

<Miguel de Cervantes y Antonio Buero Vallejo: dramaturgos ejemplares>

 

 

La conclusión de nuestra meditación cervantina acerca de la obra de Miguel de Cervantes, Los trabajos de Persiles y Sigismunda, es una invitación a su lectura por los valores humanos que encierra en sí la novela que, sin duda, abre nuevas esperanzas al paciente lector.

 

 

Una exposición que ilustra a Cervantes como homo viator, como persona que disfrutó viajando por el mundo, es el fotógrafo y filósofo José Manuel Navia.

 

En la entrevista de Youtube que le hacen de su gran reportaje fotográfico de los lugares por los que viajó Cervantes, en el minuto 21 hace referencia al gran poeta griego Homero, y se imagina lo que sentiría Cervantes en la batalla de Lepanto al pasar frente a las costas de Ítaca.

 

El título de la exposición que pudimos ver en el Instituto Cervantes, lo dice todo al citar las palabras del prólogo de Persiles y Sigismunda: Cervantes o el deseo de vivir.

 

<Pincha en la imagen para ver la noticia>.

 

 

Por último, quisiera, en este pequeño homenaje a Miguel de Cervantes Saavedra de su novela póstuma, dejar constancia que, para mí toda la obra cervantina, constituye una paideia hispánica, tanto por las raíces de la tradición humanística como por la proyección universal en el ámbito de las humanidades de toda su creación literaria. Y, en honor a la verdad, he de reconocer que mi intuición se fundamenta en una de las mejores obras que he leído: Paideia: los ideales de la cultura griega, de Werner Jaeger. FCE, México, 1974. Parafraseando tal título decimos: Paideia: Cervantes o los ideales de la cultura hispánica.

 

<Pincha en la imagen para ver los personajes de la Escuela de Atenas de Rafael Sanzio, incluido el poeta Homero>.

 

  W. Jaeger, en el capitulo dedicado a HOMERO EL EDUCADOR, escribe: Cuenta Platón que era aun opinión muy extendida en su tiempo la de que Homero había sido el educador de la Grecia toda. Desde entonces su influencia se extendió mucho más allá de los límites de la Hélade. La apasionada crítica filosófica de Platón, al tratar de limitar el influjo y la validez pedagógica de toda poesía, no logra conmover su dominio. La concepción del poeta como educador de su pueblo -en el sentido más amplio y más profundo- fue familiar desde el origen, y mantuvo constantemente su importancia. Sólo que Homero fue el ejemplo más notable de esta concepción general, y por decirlo así, su manifestación más clásica.

 

Ahora, paciente lector o lectora, dígame si no podríamos decir otro tanto o más todavía de nuestro Miguel de  Cervantes Saavedra. 

 

 

 

 

 

 

 

   

 

 

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