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  • José María Callejas Berdonés

Visiones del Quijote desde la crisis española de fin de siglo. Prólogo Luis Alberto Cuenca. (2).


Esta segunda entrada expone algunos fragmentos de los textos del resto de autores siguiendo el orden del índice de la obra, VISIONES DEL QUIJOTE DESDE LA CRISIS ESPAÑOLA DE FIN DE SIGLO, cuya excelente selección de escritores y textos ha llevado a cabo Jesús García Sánchez.


Antonio Machado: <Para mí, el Quijote es, en primer término, un libro español; en segundo término, un problema apenas planteado o, si queréis, un misterio. Fue Cervantes, ante todo, un gran pescador del lenguaje, de lenguaje vivo, hablado y escrito; a grandes redadas aprisionó Cervantes una enorme cantidad de lengua hecha, es decir, que contenía ya una expresión acabada de la mentalidad de un pueblo. El material con el que Cervantes trabaja, el elemento simple de su obra, no es el vocablo, sino el refrán, el proverbio, la frase hecha, el donaire, la anécdota, el modismo, el lugar corriente, la lengua popular, en suma, incluyendo en ella la cultura media de Universidades y Seminarios. Con dificultad encontraréis en el Quijote una ocurrencia original, un pensamiento que lleve la mella del alma de su autor. A primera vista parace que Cervantes se ahorra el trabajo de pensar. Deja que la lengua de los arrieros y de los bachilleres, de los pastores y los soldados, de los golillas, de los buhoneros y vagabundos piensen por él. Desde este punto de vista, el Quijote viene a ser como la enciclopedia del sentido común español, contenida en la lengua española de principios del siglo XVII. No es la cazurrería de Sancho ni la locura de don Quijote lo que nos asombra y abruma en la lectura del libro inmortal, sino la estupenda discreción de ambos. Con esta primera y superficial visión del Quijote bien se puede decir que la característica de Cervantes es el buen sentido...


Cervantes es, en este primer plano de su obra, la antítesis de Teresa de Ávila. En la Santa, lo rico no es el lenguaje, sino lo que pretende expresarse con él; la materia con que elabora Teresa su propia alma; la materia cervantina es el alma española, objetivada ya en la lengua de su siglo...

El Quijote es preciso verlo, abarcarlo con una visión mental, representárnoslo, para darnos cuenta de la obra cervantina, y formularnos esta pregunta: ¿Qué hizo Cervantes con la lengua española en ese monumento único que se llama Quijote? No se pregunta lo que haya podido hacer. La obra de un poeta desborda y supera infinitamente su propósito. Cervantes, acaso, pretendió no más que poner en ridículo los libros de caballerías, empresa al alcance de un Pérez Zúñiga de su tiempo; propósito trivialísimo muy propio de un ingenio de tercer orden, que nos da, tal vez, la medida del valor en que Cervantes se tasaba a sí mismo al comenzar su obra. Cierto que la mezquindad del propósito inicial contribuirá a mantener el equívoco cervantino. Pero aquí se pregunta por lo que hizo Cervantes en su libro, y esta interrogación no contestada forma parte, a su vez, de la inmortalidad del Quijote>. Las Meditaciones del Quijote de José Ortega y Gasset. La Lectura. 1915.


Manuel Azaña: <Si la mitad, digámoslo así groseramente, del Quijote proviene de una experiencia realista, de la observación, de un designio satírico y costumbrista, la otra mitad aprisiona los frutos de una elaboración poética, asimilada por un pueblo, de más antigüedad que su expresión literaria en el romancero, tal como nosotros lo conocemos. El choque y reacción de ambas corrientes en el espíritu de Cervantes, más que hacer posible podría decirse que determina la creación de la figura de don Quijote, el cual no viene a nosotros con la violenta sequedad de un guijarro disparado desde lo oscuro por una mano incógnita, ni aparece como cardo espinoso, hostilmente solitario en un erial, sino suscitado en la masa por aquella rica pulpa realista, por el soplo poético de lo maravilloso. El prodigio de la composición de la novela -éste es el acto sacramental logrado por el poeta- consiste en haber fundido la corriente realista y la mitológica en una emoción sola. Emoción inquietante, agridulce. Los mitos se humanizan, se avienen a participar en la realidad concreta, entran en un sistema de alusiones, como pertenecientes a la experiencia de cada cual, ni más ni menos que ahora, muchedumbre de españoles, sin conocimiento directo del Quijote, lo aluden, manejan los mitos creados por él, poniéndolos en línea con sus nociones experimentales. Y a la inversa: la humanidad del Quijote, cuando más denso parece su realismo, va como arrebatada en una onda, que sopla no se sabe de qué parte, o tal vez lo sabemos: del limbo de creencias poéticas que influye en las criaturas cervantinas más prosaicas su primer aliento...


Como Cervantes cree en el valor de la vida y lleva en sí desleído el sinsabor de su mengua personal y el de la sociedad que lo envuelve, su contemplación risueña no encubre su melancolía. Si los destinos de España hubiese sido otros, quizá no percibiéramos ahora el punto melancólico del espíritu de Cervantes, o quizás nos pareciera un rasgo secundario y rigurosamente personal del poeta. La historia no ha hecho sino cuajar y consolidar cuanto Cervantes, como español, sentía adentrarse en torno; no ha hecho sino convertir en problema crítico lo que entonces era una realidad de conciencia. Esta proyección del Quijote es, por lo tanto, la más poderosa>. Cervantes y la invención del Quijote. Conferencia en "Lyceum"(Club Femenino español). 1930.


Ramón Pérez de Ayala: <Acaso mis lectores, leyendo el Quijote, donde de rostro o al soslayo se trata de omne re scibili, hayan caído en la cuenta que, si bien don Quijote diserta no pocas veces y con raro tino sobre las normas de gobierno, no es él quien llega a gobernar, sino el buen Sancho, y por cierto que mejor no cabe que como él lo hace. Sácanse del Quijote a este respecto muy hondas enseñanzas. Los pocos días que le duró el gobierno de la ínsula no hizo Sancho sino administrar justicia, y es que el gobierno no se inventó sino para eso. Don Quijote no gobernó, quizá porque no se acomodaba a emplearse en tan poco. Y es seguro que, de haber gobernado, lo hubiera hecho peor que Sancho. ¿Por qué? No se pierde gran perspicuidad para dar en la razón de ello. Porque don Quijote, un hombre superior, era, más que hombre, la idea de Justicia desencarnada, en cuyo servicio y holocausto sólo vivía y se movía. Enamorado de la justicia, y en todo punto buscaba enaltecerla, acatarla, propagarla e imponerla; pero siendo la suya una justicia absoluta e impracticable, las más de las veces cometía injusticia o procuraba a sí propio y a los otros desorden y sinsabores con la mejor intención de hacer imperar en el mundo el reinado del orden y la justicia. No sabía transigir...


Gobernó bien Sancho, como hombre sencillo, que la virtud de la sencillez es inexcusable en el buen gobierno, y esta virtud se ha de predicar de la inteligencia tanto o más que de las maneras y atuendo. La inteligencia sencilla reduce las quimeras y conflictos a términos breves y claros, por donde no la lastima la pronta resolución del fallo o sentencia. En tanto que la inteligencia abstrusa, bien que de mucho provecho en la especulación elevada, complica y embrolla las discordias más menudas, embaraza el juicio y no consiente determinarse en nada. Pero hay un linaje de inteligencia señaladamente enrevesado, sofístico y litigioso, que nunca es bueno, ni en la especulación ni en la deliberación de gobierno; pero donde más daño hace es en esta última; y es la inteligencia abogacil. Así como el libertino hace de la noche día y del día noche, el abogadismo,, que el peor libertinaje de la inteligencia, tiene por oficio trocar los naturales términos de las acciones, haciendo las injustas parece justas y las justas, injustas. ¡Ay de aquel pueblo que lo gobiernan abogados!>. Sancho en la Ínsula. Escritos políticos. 1917.



Juan Ramón Jiménez: <Está soñando Cervantes, y está, sin duda alguna, vestido de harapos, quizá tiene frío o hambre, o hambre y frío a la vez, tal vez dolor de costado y dolor del alma seguramente; y está soñando que empieza a escribir un nuevo Romancero, como el jeneral, a la manera de La Celestina, del Cantar de Mío Cid, es decir, a la manera realista, "divina si no fuera tan humana", como dijo él de la trajicomedia famosa. Cervantes da unas cabezadas hacia el sueño, y el romance octosílabo libre con que comienza El Quijote empieza a derivar. Tenía ya escrito:

En un lugar de la Mancha

de cuyo nombre no quiero

acordarme, no ha mucho

tiempo que vivía un

hidalgo de los de lanza

en astillero, adarga

antigua, rocín flaco y

galgo corredor. Una olla...


En el mismo brotar. El Quijote es "un borbotón de agua clara debajo de un pino verde", como dijo Antonio Machado del Guadalquivir, viéndolo brotar en la tierra de Cazorla. No hubiera habido brote más natural que este comienzo del Quijote, en manar del río, ¿qué río¿ que, casi sin correr tierra, sale por los aires de los tercetos al gran mar de la prosa.

Sí; eso quería ser, eso era, eso es El Quijote, un Romancero que empieza en verso, que no cabe en él y se dilata en prosa de romance, llama y sencilla como la Mancha, fondo que fue de mar un día, y lo era ya de inmenso mar de aire; prosa a la que va a dar, como a un mar mayor, los ríos que nunca se vacían, todos los ríos españoles de habla española, todos los romances del Romancero y los que no lo son, y de donde salen todas las leyendas españolas, tan naturales como sueños realizados.


Cervantes es nuestro Homero, y al mismo tiempo, nuestro mar de lenguas, olas y ondas que hablan, como sirenas, en español, y para siempre, como habla el mar, para él mismo, siempre el mar, que también cambia de lengua, como cambia de lengua los libros por transformación natural y la lengua de las bocas; y que un día, cuando acaso se haya transformado el español en otra lengua y tenga que traducirse como hoy el latín o el arábigo español, habrá que traducirla como un poeta pueda traducir el mar, la lengua misteriosa del mar que parece tan clara y tan corriente. Cervantes es mar caudal, suma de anónimos ríos españoles, de poetas cuyos nombres se llevaron también los humanos ríos. Cervantes pasa por encima de los siglos barrocos y arcádicos en que el "romance" se escondió para los cultos de España, como pasó el mismo pueblo, y llegó a nosotros como lo que era; la marea más alta de la lengua española, mediodía sin márjenes fijas, pero que él mismo las limita sin muros ni playas:

¡Oh sagrado mar de España,

sagrado mar de leyenda,

romanceó Góngora (a quien Cervantes, tan amargado, colocó tan alto en su Viaje al Parnaso) con versos que podían haber sido escritos para El Quijote>. EL ROMANCE, RÍO DE LA LENGUA ESPAÑOLA. Conferencia leída el 23 de abril de 1954 en la Universidad de Río Piedras. San Juan de Puerto Rico. De El trabajo gustoso. 1961.


Gregorio Martínez Sierra: <"Y así dió su espíritu, quiero decir -dice Cervantes- que se murió". ¿No os parece esta frase, cortada, de ritmo, comenzada con afectación retórica y traída de golpe en mitad del camino a términos vulgares, no os parece, digo, una última y cruel carcajada, un supremo desdén del historiador al historiado? Yo de mí sé decir que es una puñalada de amargura. Porque así es la tristeza de este libro admirable; la tristeza de todos los libros en la que como él se ensaña el narrador contra el héroe malaventurado, amarga y rebelde. ¿No sentís os bulle la sangre, atropellada y rencorosa, conta todos, sucesos y personas, cuantos a Don Quijote hicieron mal?...


Ahora bien: amando el lector sobremanera a D. Quijote y viéndole tan mal tratado de quien imaginó su historia ¿no ha de sentir cierto rencoroso desvío hacia el creador implacable? No; este es otro milagro de la maravillosa invención: no sé por qué magia ó por cual sortilegio de la persona de Cervantes se confunde para el que lee y se hace una con la de D. Quijote; acaso contribuye a esta ilusión el saber, como todos sabemos, que la vida de Cervantes fue también pobre y melancólica, que padeció también tristeza, desnudez, hambre, prisión, mercedes de grandes y desdenes de necios...


Por todo este gris que envuelve su vida, acaso es Cervantes hermano de su D. quijote mismo: como sobre la aridez de la Mancha el espejismo de la belleza y la visión del arte. Cervantes, bien sumido en sus desdichas, se complace en afligir a un hijo de su pensamiento, y ahonda y resuelve en la llaga con desesperada complacencia>. La tristeza del Quijote. Madrid. 1905.


José Ortega y Gasset: <Señora, ¡que no fuera yo en este momento escritor feminista! Sin embargo, esos hombres son temibles, porque suelen traer al severo país de la ética ciertas maneras de raciocinios que recuerdan los gestos de los modistos y su sistema filosófico. Pero en momentos en que los honrados españoles nos consagramos a rumiar nuevamente las páginas jugosas del Quijote es casi una obligación revivir todas sus frases, todas sus ideas, todas sus imágenes, aun las más inquietadoras. Y yo he venido a caer en mis vagabundeos por este libro santo de la desilusión sobre un trozo que fue escrito, sin duda, por aquella única mano con destino a las mujeres españolas del siglo XX.


Un día, señora -hace de esto más de tres siglos-, por esos campos ingratos y planos de la Mancha corrió una gran voz romántica. Grisóstomo había muerto de amores por desdenes de Marcela...

Don Quijote, a quien todas las cosas prodigiosas atraen irresistiblemente, abre unos ojos pardos de vivo mirar y pone en ellos promesas de ampara y seguridades de vencimientos. Ya ha visto él que aquello se resolverá en una aventura y ¡qué hermosa aventura! Señora -entre paréntesis-, un hombre para quien todo en la vida es aventura, es un gran hombre; para él cada rostro, cada palabra, cada rumor es una ventana que se abre sobre lo maravilloso y la gran ocupación de los más nobles humanos ha sido siempre con esa ventana para arrojarse y escapar así, de la mortal atonía de la vida llevadera. Las aventura no se hallan, no existen fuera de los grandes hombres: ellos las inventan, las crean, las forjan con su ánimo al rojo blanco...


Mientras hago estas consideraciones Marcela ha empezado a hablar. Proclama su independencia con decisivas palabras: "Yo nací libre -dice- y para poder vivir libre escogía la soledad de los campos". Con gallardo orgullo se reconoce los primores de alma y de cuerpo que le han sido otorgados. "Yo conozco -exclama- con el natural entendimiento que Dios me ha dado que todo lo hermosos es amable; mas no alcanzo que por razón de ser amado esté obligado lo que es amado por hermoso, a amar a quien le ama; y más que podría acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo y siendo feo digno de ser aborrecido, cae muy mal decir: "Quiérote por hermosa, hasme de querer por feo"...


Pero un día, esta garrida criatura, sobrina del cura, la que tiene al caminar por la plaza cuando va a misa, modales tan enérgicos y hasta algo duros, se arranca a la vida amodorrada de sus parientes y amigos, fíngese pastora y busca la soledad de los campos un vivir dorado al sol, libre al aire y expuesto a mil mudanzas. ¡Oh, señora, esta valerosa mujer se ahoga monotonía, de silencio, de vida roma. Todas las de su pueblo son una misma mujer que ahora es nueva, luego es madre y por fin abuela. Ella siente dentro de su oscura conciencia de aldeana un gran deseo de ser distinta de todas, de hace una vida muy otra, de ser ella misma...


Aquí, ante los atónitos ojos de Don Quijote, y los picantes de Sancho, y los enardecidos estudiantes, y los embobados de los cabreros, y los rencorosos de Ambrosio, amigo de Grisóstomo, Marcela recita su manifiesto. Es el manifiesto de la eterna mujer fuerte, de corazón bizarro y lengua franca. Su lógica es rígida; sus conclusiones firmes como troncos de encina, Por su amor ha muerto un hombre. ¿Tiene ella la culpa de no amarle?... "¡Fuego soy -dice en el momento sublime de su arenga-, fuego apartado y espada puesta lejos!". A Don Quijote, cuando esto oye le retiemblan todos sus sueños dentro de la celada maltrecha; Sancho no acaba de entender... "Fuego soy apartado y espada puesta lejos". Señora, tengo tres días presa la memoria por este versículo que podía ser el primero de una biblia para las mujeres españolas.


Si yo fuera escritor feminista qué sabias moralejas deduciría del manifiesto de Marcela, señora>. Leipzig. 24 de marzo de 1905. El manifiesto de Marcela. Incluido en Estudios sobre el amor.


Matilde de la Torre: <Cuando muere D. Quijote, España descansa. Queda enterrado el héroe y explicado su fracaso como triunfador: -No puede ser de otra manera. ¡Perseguía el Ideal; y no existiendo esa suma perfección, no podría hallarla el triste caballero de la Triste Figura!

España, vencida y rota en sus empresas explica su propio fracaso con el libro de cervantes. En un inmenso bostezo, se desprende de la celada y del escudo, arroja la lanza y dice resignada: -Si no ha Ideal concreto, ¿para qué perseguirlo? Yo he cumplido mi deber persiguiéndolo. Solo encontré palos yangüeses y pedradas de galeotes... ¡Váyase pues al diablo el Ideal con sus incómodas exigencias! El quijotismo es "sublimemente ridículo".

Y hallada la frase final España declina la responsabilidad.

¡Error tremendo!

España derrotada moralmente, interpreta su caída como una consecuencia irremediable de su excelsitud. Se establece la conclusión universal de toda acción noble, toda aspiración grande, toda empresa heroica, acarrea necesariamente la derrota, el perjuicio y el ridículo. El Quijote, aplicado erróneamente a la condición nacional española trae aparejado el más demoledor de los escepticismo en cuanto a la finalidad ética de sus acciones.

Don Quijote fracasa por si demasiad nobleza.

Don Quijote fracasa por su heroísmo, por excelsitud de sus aspiraciones.

Todo héroe tiene por premio de su hazaña, el ridículo, los golpes y el desengaño...

Luego... ¡si se ha de triunfar, es preciso ser todo lo contrario de u héroe: la falacia, la cobardía y la vileza son las garantías del triunfo. Luego... si se ha de triunfar...!

La conclusión es demasiada tremenda. Cívicamente es el último error en el que podría caer la ya bien asendereada España del Descubrimiento.

La excelsa figura de don Quijote, no es genuinamente española. Encarna una aspiración universal y en todas las literaturas del mundo se esboza con diversos atributos. Los único privativo de España es la interpretación del paladín de los ideales nobles, es el ambiente desolado en la que la figura se mueve...


La publicación del Quijote no influyó en la idiosincrasia de las demás naciones europeas que siguieron cultivando el ideal quijotesco como universal finalidad ética. España constituyó una excepción interpretando los ideales caballerescos a través de sus propios fracasos.

Sin embargo, en el Quijote no hay la derrota de los valores morales que el español extrae a rajatabla de su héroes nacional... La errónea interpretación de la filosofía quijotesca acaba de extraviar la ciudadanía española infiltrándola el escepticismo de toda virtud activa...

No se detiene el espíritu español a examinar que si don quijote es vencido en sus empresas, no lo es por la calidad de sus ideales sino la insuficiencia de sus medios...

El ideal de Europa es un Quijote cuerdo, mientras que el héroe español es un Quijote loco.

Por esto es España el único país del mundo que ha ideado el matar y sepultar a don Quijote>. Don Quijote, rey de España. Santander. Editorial Montañesa, 1928.


Américo Castro: <A Cervantes no le interesó analizar la psicología del pueblo español, ni que su "historia" quijotil fuese verdadera o falsa. Según espero haga ver lo dicho más adelante sobre Cide Hamete, y mi otro libro Cervantes y los casticismos españoles, el Quijote obliga a imaginar un largo proceso de retraimiento en Cervantes, de retiro al último recinto de sí mismo, de soledad esforzada y suficiente, y sin consuelo. Estaban cegadas -material, moral y literariamente- las vías posibles en el mundo en torno. Otros españoles también pasaron por el trance de sentirse solos y arrinconados en el siglo de los conflictos y cerrazones casticistas. Muchos hallaron salida y solar en el solipsismo religioso, lo hace ver la masa de escritos ascéticos, lo que imprecisamente se ha venido llamando la "huida del mundo", el "desengaño", atribuidos un poco a bulto a la Contrarreforma. La mística exquisita del siglo XVI también nación del ansia y necesidad de refugiarse en las últimas, inalienables e inexpugnables moradas del alma.


Por los motivos que fueran, Cervantes no tomó ninguna de esas sendas: renunció al diálogo con el "más allá", y concibió la extraña idea de hacer dialogar a unos cuantos "retraídos", situados al margen del vivir gregario, a fin de que airearan sus razones en el público espacio de una página impresa, y aquéllas se cruzaran y entrechocaran con las de otros solipsistas, o puestos por la vida en estado de solipsismo. (Dorotea y Cardenio son adecuados ejemplos). Para el solipsista el vivir se vuelve puro proyecto, un planear desiderativo, en donde el echar de menos se trenza con futuros de esperanza. Se anhela, se espera que personas y cosas se conduzcan de cierta manera. Con todo lo cual, Cervantes resulta ser el primer escritor que aisló el tema del vivir como tal vivir humano, desprendido ahora de la mole tradicional, milenaria, en donde coexisten el simple vivir con lo creado por todas las formas de vivir religioso, secular, social e individual. En la literatura de 1600 europeo todo había sido ya mitificado, tipificado, tanto en la vertiente religiosa como secular>. El cómo y el porqué de Cide Hamete Benengeli. Nuevo Mundo. 1967.



Francisco Rodríguez Marín: <Estudiada como tengo la amplia de los Quijadas esquivianos, atrae mi atención más que ningún otro un Alonso Quijada de quien hasta ahora no he podido averiguar sino que fué hijo segundo del bachiller Juan Quijada y de María de Salazar, nacido antes, quizá mucho antes, de 1505, año en que falleció su padre, y que vivió, por tanto, como el buen licenciado Pero Pérez, en el primer tercio del siglo XVI, tiempo en que había alcanzado todo su auge la afición a los libros de caballerías y en que aún lograron muy ostentosas y celebradas imitaciones las aventuras de que están llenos. Recuérdese, por ejemplo, que cuando el emperador Carlos V entró por primera vez en Valladolid (1518) hubo en aquella ciudad, entre otros regocijos, fiestas en que se representaron algunos pasos de libros de caballerías, con la obligada intervención de gigantes, salvajes, romeros, etc. Y todavía treinta años después, ya casi mediado el siglo, hízose en Flandes cosa parecida, en las célebres fiestas de Bins, en cuya Aventura de la espada, imitación preferidas en los libros caballerescos, fué un español, cabalmente un Quijada, quien primero probó a sacar la que, metida en un padrón de piedra, no podía ser sacada sino por el mejor caballero del mundo, después de vencer al mantenedor de aquel paso, corriendo tres lanzas.


Hasta aquí, señores, he llegado en mis investigaciones y conjeturas acerca del modelo vivo más probable del don Quijote, haciéndolas adelantar algunos pasos del paraje en que se hallaban. Prosíganlas en buena hora otros más diligentes o mas afortunados que yo, y lleguen a feliz término esta difícil aventura histórico-literaria en que vana y quijotescamente me he detenido un rato, sometiendo, sin duda, a prueba durísima vuestra inagotable benevolencia>. El modelo más probable de Don Quijote. Conferencia leída en la Asociación de Escritores y Artistas el 28 de abril de 1928. De Estudios Cervantinos. Madrid. Atlas. 1963.


Salvador de Madariaga: <De Bretaña, pues, o sea de Inglaterra, vino el nombre de nuestro Don Quijote. Pero, como sucedió con Lanzarote mismo, vino por vía de Francia; porque ese quixote que Cervantes tomó del vocabulario de la armadura para bautizar a su héroe lo había tomado a su vez nuestra lengua de la francesa; donde la misma pieza, por defender el anca, o sea la cuisse, se llama cuissot. De donde concluyo, dicho sea de paso, que sea E que nuestro héroe lleva en castellano, imitación de la que le añadimos a Lencelot para hacer Lanzarote, es espúrea y errónea allende los Pirineos; ya que, al cruzarlos para ganar su universalidad, don Quijote debió haber soltado la E como hace Lanzarote, y así como éste se llama Lancelot, debiera él hacerse Quixot en inglés y Cuissot en francés. Es evidente que don Cuissot de la Mancha es lo que el nombre significaba para Cervantes. (Don Quichot se llamaba en las primeras ediciones francesas).


Y no se vaya a creer nadie que sólo se trata de meros nombres (aparte de que no se trata nunca de meros nombres, ya que los nombres casi siempre tienen su importancia). Pese a la intención satírica, la obra maestra de Cervantes se inserta en la corriente caudalosa de mito y caballería que en la Edad Media baña a Europa central y occidental como río potente, fecundador de países que cruza y riega. Por extravagantes que hayan sido sus excesos, fue una corriente civilizadora que propagó el aguante, la abnegación, la caridad, el respeto a la mujer y, sobre todo, un criterio exigente de buen gusto en cuanto a la conducta personal. Uno de los más altos logros de Cervantes habrá sido el de haber conservado intacto el conjunto de virtudes que la caballería andante encarnaba, a pesar de la fuerza devastadora de la sátira contra ella dirigida en su libro; porque don Quijote es siempre modelo de estas virtudes caballerescas, al punto de ganarse el afecto y el respeto aun de los que más se ríen de sus locuras.


Y es que, también pese a sus dislates, don Quijote logra mantener siempre en vigor ese rasgo típico de Europa: el sentido de la calidad. Es un caballero español; o sea, un hombre que va a caballo...El caballero era, pues, el hombre de calidad, el señor natural, que es como don Quijote mismo se define para con Sancho; y lo hace precisamente al invitarle a que se siente a su lado con los cabreros y "comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere; porque la caballería andante se puede decir lo mismo que del amor se dice: que a todas iguala". Actitud es ésta muy europea que opone el señorío natural al formal, puesto que establece el rango sobre la calidad y no la calidad sobe el rango...


Así hemos que hemos de oír a don Quijote el elogio más cumplido de los refranes en frase que merece citarse, aunque no fuera más que por una observación que el Caballero deja caer, así de pasada, a pesar de la importancia fundamental que reviste en aquella época: "Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no se verdadero, porque todas las sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas". Óyese aquí la voz de Cervantes a tono con la de su coetáneo Francis Bacon -voz en verdad europea...


Don Quijote se preocupa y frunce el ceño pensando en los errores que en detrimento de su propia gloria habrá cometido el autor; Sancho se deja ir sin reserva ni recelo al goce de la fama. Los dos polos de la verdad que, bajo los nombres de Platón y Aristóteles, han ejercido su influencia sobre el alma de Europa, se enfrentan a través de la novela que viene a ser así como uno de los caminos que Europa ha tomado para el conocimiento de sí misma>. Don Quijote, europeo. De Guía del lector Quijote. 1926.


Ramón Gómez de la Serna: <Por caminos transversos, mientras vendía trigos o apremiaba el pago de la contribución, veía la flor de la realidad y combinaba palabras y pensamientos. Parecía un espectador parsimonioso de la vida literaria cuando iba a ser el principal actor de esa vida en la historia universal.

Sin ese género de vida trajinante, dado a la serena y paciente expectativa de lo que sucedía en el mapa español, probablemente no hubiera podido ser alumbrado el Quijote.

Cervantes está de vuelta de guerras, cautiverios y tráfagos de recaudador de impuestos y asentador de cereales.

No se ha olvidado de su vocación literaria ni un solo momento en su asendereada vida: la sintió por primera vez como aspiración de expresar la realidad y su metáfora en el aire sutil de Madrid, se le arraigó con gracia de Arte en Italia, se encrudeció en los cinco años en la cueva y playa de Argel y le conmovió y le traspasó como una elegía sarcatizada en su vivir en España a lo largo de los años.

Por su deseo de encarcelarlo, queriendo salir en el alba en pos de aventuras libres, como una evasión suprema, escribió las primeras páginas del Quijote...


Cervantes tiene paréntesis de no existir, porque no tiene fuerzas para ser escritor incesante que es Lope. Lo que cobró por sus obras, por su Quijote, por sus Novelas Ejemplares, hasta por sus comedias, fué el más exiguo porque, además de que el tiempo era de poco dar al escritor, se espació tanto entre los años de su vida, que no dejó rastros de ahorro fuera de la suculencia de la gloria, que tiene la facultad de aumentar la sed y el hambre cuando llega sin acompañamiento de maravedises.

El, que sólo con lo que han producido las innumerables ediciones de su Don Quijote durante siglos que lleva publicado hubiera podido fundar un Banco con muchos millones de capital, no tuvo poder de adquisidor, y nadie quiso hacer efectiva ni la más humilde cédula avalad por su firma.

Cervantes no se lamentó de su tragedia personal, pues ya en su Quijote se había compensado haciendo apología del hombre puro y huérfano que muere sin nada por haber querido intentar cumplir y defender el Ideal.


Aunque me consta que el Quijote es un libro de mediodías y de horas meridianas, yo le veo espeso también de noches.

A la hora novena después de cenar comenzaba el delirio privativo de Don Quijote, pues no nos podemos imaginar la locura bajo el sol si no ha salido de las bibliotecas y las cuevas de la noche.

Si el libro comenzó en las sombras de la cárcel, fué consagrando el resto de pliegos en los cuartos provistos de velón o vela que le ofrecieron en las posadas, a la hora de las quimeras, y la segunda parte en su casa de Madrid, asomado al balcón, que daba a la calle León.

Ya se confunden en la inspiración de la obra el escritor y su personaje, y de debajo de su lámpara salen las historia ceñidas a su vida, formando el compuesto de la gran historia>. Otro vecino: Don Miguel de Cervantes. De Lope viviente. Buenos Aires. Espasa-Calpe. 1954.


Claudio Sánchez Albornoz: <Los estudiosos de la Edad Media no han sentido la tentación de enfrentarse con la obra cervantina. A nadie puede asombrar tal actitud. Pertenece aquélla por juro de heredad a los historiadores del pensamiento moderno. ¿Me será lícito descubrir en el Quijote claras raíces medievales?


Apartado del estudio de la época y de la figura de Cervantes y de los problemas literarios de entonces y de siempre, pero devoto y continuo lector y mediador del Quijote y frecuentador de la historia social del medioevo español, creo haber podido hallar en ella la clave para poder captar uno de los mensajes que escapan de las páginas del inmortal libro cervantino, mensaje lleno de resonancias históricas y de enseñanzas para el hoy y el mañana.


No, el Quijote no refleja, pese a Maeztu, la decadencia de España, ni castró el espíritu aventurero de los españoles como afirma Byron. Los fracasos del "Caballero de la Triste Figura" son los propios fracasos de la asendereada y triste vida del mismo Cervantes... La ironía cervantina es fruto de la desgraciada existencia de quien se sabía merecedor de éxitos y aplausos y recibía desdenes y padecía hambres y miserias... El Quijote es hijo de la España filipina, pero sus raíces, muy hondas, muy hondas, toman su sustancia de la entonces todavía no lejana Castilla medieval.


¡Un caballero rural y un labriego sin señor! ¡He aquí los hombres de carne y hueso que va a transmutar el genio de Cervantes!

¡Un caballero y un labrador! Un caballero que perdido el juicio por mucho leer y el poco dormir, adoba sus armas y se sale por la ancha y espaciosa haz de la tierra en busca de aventuras en que ejercer la fuerza de su brazo. Un labrador se deja seducir por el señuelo de la esperanza de ganar alguna ínsula en un quítame allá esas pajas. Un caballero rural que abandona a sus familiares y su hacienda para ganar honra y fama y deshacer entuertos, dispuesto a dar mandobles por todos los campos de España. Y un labriego que, fiando más del bote de lanza del loco de su amo que del esfuerzo de su diario trabajo, juega su porvenir, y el de los suyos, a la esperanza alucinada de la riqueza que la batalla puede hacer entra de rondón, un día, por la puerta de casa. ¡He aquí la trama esencial, primaria, del Quijote!

¡Un caballero y un labrador! ¿Dónde sino en España, en la España hija de la Reconquista multisecular, habría podido un gran escritor, sin escandalizar a la masa de sus lectores, sin chocar con la vivencias lógicas de los hombres de la época, presentar a un caballero labrador de una generación entre renacentista y barroca, emprendiendo locas aventuras caballerescas apenas quebrados los frenos de su razón?


¿Un caballero rural y un labriego libre? ¡España! ¡He aquí España! O para decir mejor: ¡Castilla! ¡He aquí Castilla! Porque ni siquiera cabe imaginar a la pareja manchega nacida en tierras del hermoso Aragón, pues si en él había también hidalgos aldeanos, los labradores como Sancho estaban sometidos a la dura ley del señorío, que no podían quebrar a su arbitrio, y eran a veces condenados a muerte sin proceso por sus propios señores, por los mismos que gritaban ¡Libertad! contra Felipe II en las calles de Zaragoza.

¡Un caballero y un labrador! Hacía siglos que la inmortal pareja cervantina proyectaba su sombra sobre los llanos de Castilla como lo sigue proyectando ahora. Machado en sus colinas y los álamos del Duero:

Al declinar la tarde sobre el remoto alcor

(Veía) agigantarse la forma de un arquero

La forma de un inmenso centauro flechador.


No; si trepáis a los riscos de Gredos, que se yerguen orgullosos entre las dos llanuras del Cid y de don Quijote, si trepáis a los riscos gigantescos de Gredos, donde tal vez Satán tentó a Castilla con la oferta del señorío de los mares ente los cuales se alza América, al declinar la tarde veréis agigantarse sobre cualquiera de las dos planicies castellanas la silueta del caballero labrador y del labriego libre de Cervantes.

Lo he dicho y lo he escrito siempre muchas veces: Castilla fue un islote de hombres libres pequeños propietarios en el mar del Occidente feudal y lo fue incluso dentro de la España cristiana, donde Galicia estuvo dominada por grandes señores laicos y eclesiásticos. Aragón fue tierra de campesinos de condición servil y señorial y Cataluña vivió inclusa en la órbita del puro feudalismo franco. Porque Castilla fue desde sus orígenes un pueblo de pequeño propietarios libres se alzó pronto con la dirección política de España, pues en la historia siempre, siempre, siempre, han acabado por colocarse a la cabeza de los grupos humanos aquéllos en que ha sido más densa la masa de los que eran dueños de sus propios destinos en la vida de la economía y el derecho.

Porque esos hidalgos y caballeros habituados sin descanso continuaban siendo el nervio político de Castilla, terminada la Reconquista se conquistó América -la empresa americana no hubiera sido ni siquiera planeada por repúblicas de burgueses, más dadas a los negocios de la banca o del comercio que a las aventuras de las armas- y peleamos los españoles en todos los teatros de batalla de Europa durante nuestro desorbitado siglo XVI.


Si Lope, Tirso y Calderón, en muchas de las frases incisivas y epigráficas que acuñaron para dar título a muchos de sus dramas, simbolizaron muchas de las características esenciales de las formas de vida y pensamiento de los españoles -por ejemplo su igual emulativa que refleja Del rey abajo, y el desdén hispano por el vivir caduco terrenal en La vida es sueño- Cervantes logró encarnar en los nombre de su inmortal pareja las mismas dobles esencia del alma de España.


A la honra, a la justicia y a la riqueza, como al misterio de Dios, de la naturaleza o de la vida, sine labore cum fructu, con un vuelo de flecha, con el ímpetu desorbitado del místico, del soldado, del artista. He aquí la herencia esencial de la España de la Reconquista de que también fue partícipe Cervantes y de que hizo legatarios a don Quijote y Sancho>. Raíces Medievales del Quijote. De Españoles ante la historia. Buenos Aires. Losada. 1958.













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