<¿Qué es la verdad?>. Miguel de Unamuno. Una breve meditación en esta hora de España.


Miguel de Unamuno publicó un artículo en 1906, ¿Qué es la verdad?, en la Revista "La España Moderna", incluido en el apéndice de la excelente edición de las obras, "Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos", y, "Tratado del amor de Dios", realizada por el eminente hispanista Nelson Orringer. Al leer ¿Qué es la verdad? de Miguel de Unamuno, uno de mis maestros actuales de filosofía española, me sorprendió la vigencia de sus palabras y la importancia de ser una persona veraz, tanto en la vida propia como en la convivencia social que nos ha tocado vivir en España, aunque su reflexión sea de validez universal.

(Pincha la imagen y verás la web de la Universidad de Salamanca y la Casa-Museo de Unamuno).


Unamuno, escritor que no tuvo el más mínimo complejo en manifestarse creyente, con un ejemplar cristianismo vivido hasta la médula, comienza con el pasaje evangélico (San Juan 18,32-38) en el que Jesús le dice a Pilatos que su reino no es de este mundo y que ha nacido para dar testimonio de la Verdad, y Pilatos le pregunta: <Y, ¿Qué es la verdad?>.


Nos dice Unamuno que: <Ya antes de nacer el Cristo preguntaban los intelectuales que gobiernan ó quieren gobernar a los pueblos qué es la verdad y sin esperar respuesta se volvían a resolver en mentira los asuntos que les estaban encomendados". Después critica el tratado de Filosofía elemental escrita por el Excmo. Sr. Don Fr. Zeferino González, obispo de Córdoba>. No entro en detalles de las explicaciones escolásticas de la verdad metafísica, lógica y moral de dicho tratado; pero no le falta razón a Unamuno: "A lo contrario de la verdad lógica se llama error, y a lo contrario de la verdad moral se llama mentira. Y es claro que uno puede ser veraz, decir lo que piensa, estando en error, y puede decir algo que sea verdad lógica mintiendo. Y ahora digo que el error nace de la mentira". Retengo este "ser veraz", atributo del Padre en el Evangelio de San Juan (8,21-30), que cita Unamuno: <Ellos (los fariseos) le decían: «¿Quién eres tú?». Jesús les contestó: «Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él». Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre>. Quizá Unamuno hable de ser veraz inspirado las palabras de Jesús, es decir, verdadero, auténtico, en cualquier caso, es algo que afecta a lo más íntimo de la persona y debemos preguntarnos: ¿hasta que punto somos veraces en la vida?


Prosigue Unamuno: <Más de una vez antes de ahora he dicho una cosa que pienso volver a repetir muchas veces más, y es que vale más el error en que se cree que no la realidad en que no se cree; que no es el error, sino la mentira, lo que mata el alma>. Ahonda en el alma del que miente, exagera y descalifica al "otro" por su forma dogmática de pensar y de hablar. El que miente de modo consciente exaspera a los demás con tergiversaciones de la realidad o manipulaciones del lenguaje, sean palabras o ideas. Lamenta Unamuno que en el trato social aprendemos la mentira, y añade: <Si los hombres fuésemos verídicos siempre, si nunca mintiéramos no por comisión ni por omisión, ni falseando la verdad ni callándola, a nadie se le ocurriría hablar de conformidad entre el lenguaje externo y el juicio interno, porque el lenguaje y el juicio serían una misma y sola cosa... Hablar no sería sino pensar en voz alta, pensar para los demás>. La raíz de muchos conflictos de convivencia nacen de la mentira insidiosa que fomenta discursos de odio que faltan a la verdad. En esta hora de España son más luminosas que nunca las palabras de Miguel de Unamuno al proclamar: <Estoy persuadido de que si la absoluta veracidad se hiciese dueña de los hombres y rigiese sus relaciones todas, se acabase la mentira, los errores desaparecerían y la verdad se nos iría revelando poco a poco>. Del mismo modo, nos interpela Antonio Machado en sus, Proverbios y Cantares dedicados a Ortega y Gasset, escribe: <¿Tu verdad? No, la Verdad, y ven conmigo a buscarla. La tuya, guárdatela>. Todo un mensaje de esperanza a esa doliente España joven.


Para Unamuno esta lacra de la mentira social implica -como creyente- que: <El único culto perfecto que puede rendir a Dios es el culto de la verdad. Ese reino de Dios, cuyo advenimiento piden a diario maquinalmente millones de lenguas manchadas en mentira, no es otro que el reino de la verdad. Dejad la reforma de todo vicio, de toda flaqueza; humillaos al azote de la soberbia, de la ira, de la envidia, de la gula, de la lujuria, de la avaricia; pero proponeos no mentir nunca ni por comisión ni por omisión; proponeos, no sólo no decir mentiras, sino tampoco callar verdades, proponeos decir la verdad siempre y en cada caso, pero sobre todo cuando más os perjudique y cuando más inoportuno lo crean los prudentes, según el mundo: hacedlo así y estaréis salvos, y todos esos pecados capitales no podrán hacer mella en vuestras almas>. Unamuno toca en la llaga de la conciencia personal: decir la verdad. En mi caso, al impartir la Historia de la Filosofía en el instituto, hacía referencia al primer poeta-filósofo Hesíodo en su Teogonía, al hablar de la Musas Olímpicas, hijas de Zeus, que se dirigían a él en persona: "¡Pastores del campo, triste vergüenza, vientres tan sólo! Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos cuando queremos, proclamar la verdad". La búsqueda de la verdad es el alma mater de la sabiduría humana y divina. Desde la vida cotidiana, dice Lorenzo, el protagonista de la novela Diario de un jubilado, de Miguel Delibes: <Me sinceré con la parienta y le dije mi verdad, o sea que no va conmigo esto de estarme todo el día de Dios mano sobre mano>. Todos estamos en el camino de la verdad y tropezamos con las piedras del error a cada paso, sin embargo, deberíamos compartir nuestra verdad con los demás y buscar puntos de encuentro que faciliten la convivencia pacífica.

Traigo a la memoria la aventura de Andrés en El Quijote (I,IV), criado de Haldudo que le azota atado a un árbol porque le ha perdido unas ovejas. Al acercarse don Quijote oye unas: "voces delicadas como de persona que se quejaba", y da gracias al cielo por darle ocasión de cumplir la promesa al recién armado caballero: "Esas voces, sin duda, son de algún menesteroso o menesterosa que han de menester mi favor y ayuda". En este episodio de Vida de Don Quijote y Sancho, tras defender don Quijote al joven, escribe Unamuno: <Es mi criado, respondió con buenas palabras el castigador... (al quejarse del castigo el joven decía que su amo mentía). ¿«Miente» delante de mí, ruin villano? —dijo don Quijote—. Por el sol que nos alumbra, que estoy por pasaros de parte a parte con esta lanza. Pagadle luego sin más réplica; si no, por el Dios que nos rige, que os concluya y aniquile en este punto. Desatadlo luego>. Prosigue Unamuno: <¿Mentir? ¿Mentir delante de Don Quijote? Ante él sólo miente quien reprocha la mentira a otro, siempre que el reprochador sea el más fuerte... Pero ¿mentir a Don Quijote, o mejor dicho, mentir a solas con quien sabe la verdad? Quién miente es el fuerte, que teniendo atado y azotando al débil le echa en cara su mentira>. Cervantes sitúa a Don Quijote, en su primera aventura, no sólo como defensor del débil y de la justicia en el mundo, sino a un caballero con voluntad de verdad. Me recuerda lo que dice Xavier Zubiri: <Si el sabio griego dirige la vida, es con la pretensión de asentarla en la verdad, de hacer al hombre vivir de la verdad>. (Naturaleza, Historia y Dios). Así veo al Quijote de Unamuno: asentar la vida en la verdad.

Miguel de Unamuno, en el convulso año 1906 (era Presidente del Congreso de Diputados, D. José Canalejas, católico, krausista y cercano al ideario de la Institución Libre de Enseñanza), escribe: <Más de una vez ha resonado en el salón de sesiones de nuestro Parlamento, en esa catedral de la Mentira, esta apestosa blasfemia: “¡Eso no puede decirse aquí”, o esta otra: “¡Eso no puede oírse con calma! Y lo único que no debe decirse, ni allí ni en ninguna parte, es la mentira, y es la mentira lo único que no puede oírse con calma. Todo lo demás hay que decirlo allí y en todas partes, y allí y en todas partes oírlo con calma; y cuando es un error, una equivocación, replicarlo y rectificarlo también con calma>. Unamuno critica la confesionalidad de "los profesionales del catolicismo". Éstos, "podrán aparecer católicos como tales en cuanto diputados", a reglón seguido, duda que lo sean, "en cuanto hombres". Algunos diputados republicanos hacían gala de no ser católicos, y otros de lo contrario, diarios aparentemente católicos que tenían redactores que no lo eran. Los más importantes eran, El liberal, El Heraldo de Madrid y el Imparcial, los dos primeros republicanos y el tercero conservador, de nuevo, exclama Unamuno indignado: <Y en este horrible fangal de mentira y de cobardía se oye de vez en cuando: “¡Hechos! ¡hechos! ¡hechos! ¡Nada de palabras!” Y el hecho supremo, el gran hecho, el hecho fecundo, el hecho redentor, sería que cada cual dijese la verdad. Y todavía hay miserables que, no atreviéndose a defender la mentira, la hedionda mentira, tratan de hacerla pasar por ilusión y nos hablan de poder de ésta y del alivio que se procura uno tratando de engañarse a sabiendas>. En este sentido, podríamos aprender más los españoles de la Historia de España, tanto en la vida personal como en la colectiva. En la encrucijada histórica que vivimos las palabras de Unamuno deberían ser un aldabonazo en la conciencia de todos. No voy a señalar a nadie en concreto, ni personas, ni partidos, ni instituciones, dejo al lector que juzgue la sociedad española por sí mismo.


No sé si leería José Ortega y Gasset este artículo de Miguel de Unamuno, para mí es que coinciden en muchos aspectos (me ciño a la década 1906-1916), Ortega escribe: <El prospecto de El Espectador me ha valido numerosas cartas llenas de afecto. Una de ellas concluye Ortega: “Pero siento que se dedique Ud. exclusivamente a ser espectador”. Vuelva a la tranquilidad este lejano amigo, la vida española nos obliga, queramos o no, a la acción política.(...)


Desde hace medio siglo, en España y fuera de España, la política –la supeditación de la teoría a la utilidad- ha invadido por completo el espíritu. La expresión extrema de ello puede hallarse en esa filosofía pragmatista que descubre la esencia de la verdad, de lo teórico por excelencia en lo práctico, en lo útil. De tal suerte, queda reducido el pensamiento a la operación de buscar buenos medios para los fines, sin preocuparse de éstos. He ahí la política: pensar utilitario.(...) Pero si esta preocupación por lo útil llega a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero tenderemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de mentira. El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentira.


De todas las enseñanzas que la vida me ha proporcionado, la más acerba, más inquietante, más irritante para mí ha sido convencerme de que la especie menos frecuente sobre la tierra es la de los hombres veraces.(...) Hace falta, pues, afirmarse en la obligación de la verdad, en el derecho de la verdad>. (Verdad y perspectiva. El Espectador. 1916). Los textos de Ortega son elocuentes y muy vigentes hoy en día. No en vano, el artículo 20 de la Constitución de 1978 (Título1. De los derechos y deberes fundamentales), reconoce y protege los derechos y las libertades públicas: "A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión".


La conclusión de esta breve meditación es extensible a otros países y naciones, de manera especial esta esperanza que albergó siempre el "hondón del alma" de Unamuno: <Y abrigo la fe de que todos, absolutamente todos los males que creemos son la causa de nuestras miserias, el egoísmo, el deseo de prepotencia, el ansia de gloria, el desprecio hacia los demás, todos desparecerían si fuéramos veraces>. Y así plantea una filosofía ( y una teología para el creyente) de la voluntad de verdad y una ética de la veracidad como actitud ejemplar personal, y, a la vez, como un primer principio moral de instituciones y colectivos tan necesaria en la era digital en todos los ámbitos, principalmente, en el político, económico y cultural, en las redes sociales -enfermas de postureo e hipocresía- y en los medios de comunicación que manipulan el lenguaje. Sin olvidar y reconocer el ímprobo esfuerzo de multitud de ciudadanos dispuestos a ser libres frente a las amenazas totalitarias, vengan de donde vengan. Así concluye Unamuno: <Y bien, en resumen, ¿qué es verdad? Verdad es lo que se cree de todo corazón y con toda el alma. ¿Y qué es creer algo de todo corazón y con toda el alma? Obrar conforme a ello>. Queda en manos de los lectores completar esta reflexión crítica personal y el compromiso de la acción para hacer de nuestro mundo un lugar más habitable, más justo y solidario de verdad: con nosotros mismos y los demás.


José María Callejas Berdonés. Profesor Emérito de Filosofía de Instituto. Comunidad de Madrid.



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