Miguel de Unamuno: el valor de ser persona en la era global. Comunicación presentada en las IX Jornadas de la Revista Diálogo Filosófico. <La filosofía práctica>. Salamanca. Abril de 2013.

Miguel de Unamuno: el valor de ser persona en la era global

   

Hace un siglo que apareció la obra de Miguel de Unamuno, Del sentimiento trágico de la vida. (En los hombres y en los pueblos). Hoy quiero rendirle homenaje por dos razones, por agradecimiento personal, y por la vigencia de su filosofía como fuente, no sólo de humanización, sino de personalización. Veamos tres ámbitos de la persona: el íntimo, el sociocultural y el global.

 

1º) Ámbito íntimo y personal. Del sentimiento trágico de la vida, parece escrita para hoy, Unamuno al hablar del hombre de carne y hueso, se duele del llanto de Solón de Atenas por la muerte de su hijo y del pedante que le dice que llorar no sirve de nada, y escribe:<Claro está que el llorar sirve de algo, aunque no sea más que de desahogo…Y estoy convencido de que resolveríamos muchas cosas si saliendo todos a la calle, y poniendo a luz nuestras penas, que acaso resultasen una sola pena común, nos pusiéramos en común a llorarlas y a dar gritos al cielo y a llamar a Dios… ¡Sí, hay que saber llorar! Y acaso ésta sea la sabiduría suprema… Hay algo que, a falta de otro nombre, llamaremos el sentimiento trágico de la vida, que lleva tras sí toda una concepción de la vida misma y del universo, toda una filosofía más o menos formulada, más o menos consciente. Y ese sentimiento pueden tenerlo, y lo tienen, no sólo los hombres individuales, sino pueblos enteros.> Y concluye:<Ha habido entre los hombres de carne y hueso ejemplares típicos de esos que tienen el sentimiento trágico de la vida. Ahora recuerdo a Marco Aurelio, S. Agustín, Pascal, Rousseau, Obermann, Leopardi, Amiel…, Kierkegaard: hombres cargados más de sabiduría que de ciencia>.[1] Ahora, me pregunto: ¿quién no ha tenido, alguna vez, un sentimiento trágico de la vida?, y ¿cuál es la filosofía más o menos formulada de la que habla Unamuno? Pues la filosofía que empieza con el sentimiento, trágico o no, de la vida y que nos interpela a todos y a cada uno de nosotros, centrada en la persona singular y temporal, humana y divina, única e irrepetible que brota, en el hontanar de la vida, como un árbol de esperanzas.

 

          Unamuno nos da la primera lección de sabiduría en persona en su Diario íntimo: <Conócete a ti mismo> decía la inscripción, y Carlyle dice: no, eres incognoscible, ¡conoce tu obra y llévala a cabo! Y ¿cuál es mi obra? Hay algo más que conocerse, que obrarse y que amarse, y es serse. Sete a ti mismo, sé tú mismo, y como eres nada, sé nada y déjate perder en manos del Señor>.[2] Un buen conocedor de Unamuno, mi buen amigo Manuel Padilla Novoa, escribía: <Aunque el tono de esta obra –el Diario íntimo- se asemeja más a las Confesiones de S. Agustín, aparece, no obstante, en una de sus primeras páginas una frase aislada tan escueta como significativa. Dice tan sólo: “Leopardi, Amiel, Obermann”>.[3] Nótese que coinciden estos tres autores en ambas obras, pues hay una íntima conexión entre ellas: se unen en el diálogo interior de cada uno consigo mismo y, así, descubrir su forma de ser persona.

 

          En los tiempos que corren de destrucción de la filosofía práctica, tanto en los hombres como en los pueblos, brota la pregunta radical de Unamuno: <¿Para qué se filosofa?, es decir, ¿para qué se investigan los primeros principios y los fines últimos de las cosas? ¿Para qué se busca la verdad desinteresada? Porque aquello de que todos los hombres tienden por naturaleza a conocer, está bien, pero ¿para qué? Buscan los filósofos un punto de partida teórico o ideal a su trabajo humano, el de filosofar; pero suelen descuidar buscarle el punto de partida práctico y real, el propósito. ¿Cuál es el propósito al hacer filosofía, al pensarla y exponerla luego a los semejantes? ¿Qué busca en ello y con ello el filósofo? ¿La verdad por la verdad misma? ¿La verdad para sujetar a ella nuestra conducta y determinar conforme a ella nuestra actitud espiritual para con la vida y el universo?... La filosofía es un producto humano de cada filósofo, y cada filósofo es un hombre de carne y hueso que se dirige a otros hombres de carne y hueso como él. Y haga lo que quiera, filosofa, no con la razón sólo, sino con la voluntad, con el sentimiento, con la carne y con los huesos, con el alma toda y con todo el cuerpo. Filosofa el hombre>.[4]

Ahora bien: filosofa la persona con todo su ser, con sus virtudes y defectos, y desde su circunstancia íntima, cultural y global. En una palabra: filosofa la persona con nombre y apellidos.         

 

Mi trayectoria personal ha estado influida por esos interrogantes que despertaron mi vocación por la filosofía y la educación[5]. Sentí, como Unamuno:<El ansia de no morir, el hambre de inmortalidad personal, el conato con que tendemos a persistir indefinidamente en nuestro ser propio y que es, según el trágico judío, nuestra misma esencia, eso es la base afectiva de todo conocer y el íntimo punto de partida personal de toda filosofía humana… Y ese punto de partida personal y afectivo de toda filosofía y de toda religión es el sentimiento trágico de la vida>.[6] Por eso, en la página del libro de nuestra vida en la que nos encontremos, sea cual sea la circunstancia que la envuelve, nos exige releerla para volver al interior[7]de nosotros mismos o, mejor dicho: persona adentro.    

 

 2ª) Ámbito sociocultural. La identidad personal no sólo se da en el plano íntimo, sino que se forma en la convivencia, y su enemigo público es el egoísmo del cada uno a lo suyo. Unamuno dice del individualista: <El “no hagas a otro lo que para ti no quieras”, lo traduce él así: yo no me meto con los demás; que no se metan los demás conmigo. Y se achica y se engurruña y perece en esta avaricia espiritual y en esta moral repulsiva del individualismo anárquico: cada uno para sí. Y como cada uno no es él mismo, mal puede ser para sí>.[8] De ahí que, otro gallo nos cantaría, si superáramos el individualismo y aprendiéramos a dialogar con la regla de oro de la moral: respeta al otro como a ti mismo. Es mérito de Unamuno resucitar la filosofía española al hablar de Joaquín Costa: <…Y yo di un ¡muera Don Quijote!, y de esta blasfemia, que quería decir todo lo contrario que decía… brotó mi Vida de Don Quijote y Sancho y mi culto al quijotismo como religión nacional… Escribí aquel libro para repensar el Quijote contra cervantistas y eruditos, para hacer obra de vida de lo que era y sigue siendo para los más letra muerta…Quise allí rastrear nuestra filosofía. Pues abrigo cada vez más la convicción de que nuestra filosofía, la filosofía española, está líquida y difusa en nuestra literatura, en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística, sobre todo, y no en sistemas filosóficos… Filosofía esta nuestra que era difícil de formularse en esa segunda mitad del siglo XIX, época afilosófica, positivista… de fondo materialista y pesimista>. En primer lugar, el Quijote no es sólo, una escuela de diálogo de la filosofía española e iberoamericana, sino de diálogo intercultural. Unamuno vislumbró, en nuestra tradición humanística, una defensa de la persona frente a los poderes anónimos e inhumanos.

 

          En segundo lugar, Europa volverá a sus raíces cristianas, a Unamuno y a Kierkegaard que dan soluciones distintas a su vivencia de la desesperación. Según la profesora danesa Katrine Anderson: <En Unamuno, la desesperación es una condición del hombre que le lleva al ansia de la inmortalidad como resultado de haber tomado conciencia de la trágica realidad de la vida que es su carácter mortal. Sin embargo, la desesperación le lleva a Kierkegaard por otro camino que, en vez de quedarse en el abismo de la desesperación, posibilita el salir de allí y constituir un yo más sólido y religioso… Para Kierkegaard la terrible tragedia de la vida también es la inevitable muerte al final del camino, pero a través de una evolución que atraviesa varios estadios: el estético, el ético y el religioso, es posible comprender qué nos prepara el camino. En su "Sygdommen til doden"[9] (La enfermedad hasta la muerte) describe como la desesperación de la vida se puede convertir en el carácter vital de la misma… Es decir, la desesperación puede llevar a una unión y consolidación del yo y es, por lo tanto, mucho más fructífera que en Unamuno. En este último el gran problema sigue siendo la desesperación como una batalla interior en la que no hay ganador. El único personaje que sabe convivir con esta situación es Don Quijote de la Mancha>.

 

            En efecto, esta diferencia la confirma Unamuno:< ¿Es que la desesperación es algo genuinamente español? En cierto sentido creo que sí. No es la desesperación de un Pascal… un Kierkegaard…, es algo de esto, sí, pero es sobre todo una forma española de desesperación a base de esperanza. Es una esperanza desesperada, es la impaciencia de la esperanza, es acaso la esperanza sin fe. Es lo que José Ortega y Gasset llama la amencia quijosteca>.[10] Por esta razón, pienso que en la persona siempre anida una esperanza paradójica, a veces, escéptica. Ésta se convierte en la conciencia cristiana en íntima certeza, al ir en ella, solidariamente unidas fe, esperanza y caridad. Como las encíclicas, Deus caritas est, Spe salvi, y Caritas in veritate, de Benedicto XVI.

 

             Julián Marías, a propósito de la novela de Unamuno, escribe: <A Unamuno no le importa darnos un mundo –repito, en el sentido de las cosas-, sino personas>. Prosigue Marías:<Compárese la novela con la biografía. En ésta lo que interesa, sin posible equívoco, es la historia de una persona y la realidad, por tanto, de esa persona misma>.[11] Los personajes de Unamuno se convierten en personas que nos interpelan, bien desde la narración novelística o el escenario dramático. Para él, el teatro es la puesta en escena de la moralidad: detrás del personaje hay una persona. Por último, el catedrático Ciriaco Morón Arroyo, analiza tres niveles de la obra, Cómo se hace una novela, y del tercero dice:<El autor, Miguel de Unamuno,…redefine el sentimiento trágico como diferencia entre autenticidad personal y papel social; la vida como teatro:< ¿Es que represento una comedia hasta para los míos? ¡Pero no!, ¡es que mi vida y mi verdad son mi papel!>.[12]

De nuevo, pregunto: ¿cuál es nuestro papel hoy como auténticas personas en el teatro del mundo y de las redes sociales?

 

3ª) Ámbito global. Unamuno en, Del sentimiento trágico de la vida, dice que el Universo es Persona también, que tiene una Conciencia:<Y a esta Conciencia del Universo, que el amor descubre personalizando cuanto ama, es a lo que llamamos Dios>. Y se pregunta:< ¿No es que acaso vivimos y amamos, esto es, sufrimos y compadecemos en esa Gran Persona envolvente a todos, las personas todas que sufrimos y compadecemos y los seres todos que luchan por personalizarse, por adquirir conciencia de su dolor y limitación?>. Luego habla del Dios personal: <El Dios del amor… Ése en que crees, lector, es tu Dios, el que ha vivido contigo en ti, y nació contigo y fue niño cuando tú eras niño, y fue haciéndose hombre según tú te hacías hombre… y es el principio de solidaridad entre los hombres todos y en cada hombre… y que es como tú, persona>. Esta meditación del valor en sí de la persona vincula a creyentes y no creyentes: tenemos que defenderla del hambre, la guerra, la injusticia y la violencia que destruye a tantas personas. Y defender su dignidad en la tradición de los defensores de los derechos humanos como Francisco de Vitoria y la Escuela de Salamanca. Así, surge la cuestión radical: ¿De qué nos valen todas las declaraciones de derechos humanos del mundo si no nos tratan como personas? De nada. Es urgente defender el valor de la persona en la sociedad global.

 

              Y por último, dice Unamuno:<Mi esfuerzo por imponerme a otro, por ser y vivir yo en él y de él, por hacerle mío –que es lo mismo que hacerme suyo- es lo que da sentido religioso a la colectividad, a la solidaridad humana. El sentimiento de solidaridad parte de mi mismo… y de mi voy a Dios… y de Dios a cada uno de mis prójimos>.[13]Sin amor y sin solidaridad no hay persona, pues de ella brota el sentido que encuentra en Dios, su firme esperanza y su plena libertad. En el nombre va la persona decía Unamuno, por eso, recuerdo hoy, al profesor José Gómez Caffarena, persona entrañable para mí que, en su obra, Qué aporta el cristianismo a la Ética, se interrogaba:<¿Podemos, pues, enunciar, en consecuencia: la aportación cristiana a la Ética ha de situarse precisamente en el amor? La respuesta es afirmativa… La palabra <amor>, tan central y valiosa en todas las culturas, admite diversidad de matices>. Al final, José Gómez Caffarena lamenta la desigualdad entre pueblos desarrollados y subdesarrollados y se pregunta: <¿Cómo no habrá de gozarse –el cristiano de hoy- si ve que otros tratan de practicar una Ética de amor o solidaridad aunque sin sus premisas religiosas?>[14] Pues bien, termino diciendo que sí; un sí porque lo que nos une a todos es, sin duda, el valor de ser persona.

 

[1] Unamuno, Miguel de: Del sentimiento trágico de la vida. En los hombres y en los pueblos. Espasa-Calpe. Selecciones Austral, Madrid, 1976, p. 38-9. Prólogo P. Félix García. (Textos entresacados).

 

 

[2] Unamuno, Miguel de: Diario íntimo. Alianza Editorial, Madrid 1996, pág. 195. (Cuadernillo 4).

 

[3] Padilla Novoa, M., <Presencia de Amiel en Niebla>, Anales del Seminario de Metafísica, XXI, 1986, p. 75. Padilla cita el libro de Alberto Insúa, Don Quijote en los Alpes, y escribe:<Decíamos que Unamuno escribe Niebla en el mismo año que colabora para la obra de Insúa. Pero fijémonos en el título: Don Quijote en los Alpes. Insúa ve en Amiel una personificación del héroe de Cervantes. Exactamente lo mismo que hace el autor vasco con Augusto, protagonista de Niebla… Así, pues Miguel de Unamuno identifica a D. Quijote con Augusto por la misma época en que Alberto Insúa hace lo mismo con Amiel>. E. F. Amiel fue profesor de Estética en la Universidad de Ginebra, se publicó a título póstumo su Diario íntimo, según Padilla, Gregorio Marañón consideraba a Unamuno un ferviente propagador de este Diario.

 

[4] Unamuno, Miguel de, Del sentimiento trágico de la vida, o. c., págs. 46-47.

 

[5] Callejas Berdonés, José Mª, <Defensa de la Filosofía en el Bachillerato. Reflexiones desde mi experiencia>.  Revista Diálogo Filosófico, 84 (2012), p. 112. Luego, R. Guardini, con Mundo y persona.

 

[6] O. c., p. 53.

 

[7] Quiles, Ismael, Antropología filosófica insistencial, http://www.quilesfundserysaber.org.ar/Home.html , en la pág. 61 (pdf) alude a Unamuno y San Agustín en su profunda Filosofía In-sistencial de la persona.

 

[8] O. c., págs. 236, 256, 257.

 

[9] Kierkegaard, Soren: “Sygdommen til doden” (La enfermedad hasta la muerte), Vaerker i udvalg. Bind II: Filosoffen og Teologen (Obras Selectas, Tomo II: El filósofo y el teólogo). Copenhague: Gyldendal, 1950, pp.240-292.  Tesis Doctoral de Katrine Helene Anderson: La relación entre relato y discurso filosófico en la literatura española: Baltasar Gracián y Miguel de Unamuno, dos modos de filosofar. pág. 268-9. Web Complutense: http://eprints.ucm.es/view/people/Andersen=3AKatrine_Helena=3A=3A.html

 

[10] Unamuno, Miguel de, Sobre la tumba de Costa. A la más clara memoria de un espíritu sincero. Ensayos, volumen VII, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, Madrid, 1918, pág. 209.

 

[11] Marías, Julián, Miguel de Unamuno, Selc. Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1980. Introducción Juan López-Morillas, págs. 64, 71,79; y cap. VII, dedicado a la persona. En 1911, la inquietud de Miguel de Unamuno por la persona es central pues en una carta a Ortega, al preguntar éste por su salud, le responde: <Ya sabe usted mi único problema, el de la inmortalidad del alma en el sentido más medieval. Todo lo concentro en la persona. Lo grande del cristianismo es ser el culto a una persona, a la persona, no a una idea. No hay más teología que Cristo mismo, el que sufrió, murió y resucitó. Y sólo me interesan las personas. Si dentro de 10, 100, 1.000 ó 100.000 siglos nuestra tierra es una bola de hielo o un puñado de asteroides desiertos toda la ciencia, y la filosofía y el arte y etc., no valen nada>. Epistolario completo Ortega-Unamuno, Fundación Ortega y Gasset, edición de Laureano Robles y A. Ramos Gascón. Introd. de Soledad Ortega Spottorno. Ed. El Arquero, Madrid, 1987, p. 101, Carta XXVI, 1911-IX-2.

 

[12] Morón Arroyo, C., Hacia el sistema de Unamuno. Estudios sobre su pensamiento y creación literaria. Cap. V: Ser y escribir: consistencia de Unamuno y paradojas de la realidad. (Dedicado a la profesora María Dolores Gómez Molleda), pág. 114. Ver de Mª Dolores Gómez Molleda, Cristianos en la sociedad laica. Una lectura de los escritos espirituales de Pedro Poveda, Narcea, Madrid, 2009. (Ex directora de la Casa Museo de Unamuno y Catedrática de la Universidad de Salamanca, y editora del libro-homenaje a Unamuno, con motivo del 50 aniversario de su muerte, Diario Ya, suplemento de Cultura, 31-XII-1986).

 

[13] O. c., págs. 132, 142-3, 162, 235. (Textos entresacados).

 

[14] Gómez Caffarena, J., Qué aporta el cristianismo a la Ética, Fundación SM, Madrid, 1991, p. 25, 91.

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