<Antropología metafísica> de Julián Marías. 1970-2020.

Julián Marías (Valladolid-1914/Madrid-2005) es uno de los filósofos españoles más importantes del siglo XX. Discípulo de José Ortega y Gasset funda en Madrid con su maestro el Instituto de Humanidades en 1948. Hoy daremos unas pinceladas, con motivo del 50 aniversario de su publicación, de una de sus obras fundamentales: <Antropología metafísica>. La filosofía de la persona es eje esencial de su aportación intelectual que ha configurado su visión responsable de la realidad. Desde mi punto de vista hay tres hitos en su doctrina de la persona: en primer lugar, <La filosofía del Padre Gratry>. La restauración de la metafísica y el problema de Dios y de la persona, de 1942; posteriormente, presentó en 1951 en la Universidad Complutense su tesis doctoral titulada: <La metafísica del conocimiento en el Padre Gratry>. (Esta obra fue editada y prologada por el propio Julián Marías en 1972 (colección El Alción de la Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset en 1923); en segundo lugar, <Antropología metafísica>, de 1970; y en tercer lugar, <Persona>, de 1996. Ni que decir tiene que Julián Marías no olvida nunca su circunstancia: España. Ni sus principios: <decir la verdad>. Ni acepta: <la profesionalización de la mentira>, algo que, desgraciadamente, ha derivado en democracia sin ética. Julián Marías es el filósofo del sentido común.


Este libro, nos dice Julián Marías, se ha escrito tras veinte años de pensarlo, prácticamente desde su tesis en 1951, y el título es muy significativo para los que estudiamos Filosofía en los años 70, porque entonces se estudiaba la antropología cultural (por ejemplo, de Margaret Mead), sin embargo, no se planteaba el enfoque metafísico de la antropología que Marías vislumbró con inteligencia: <Antropología metafísica>. En su prólogo nos dice que su "Historia de la Filosofía" es una mirada al pasado, su "Introducción a la Filosofía" es teoría de la estructura social de la vida humana. Esta obra da un paso más: <intenta comprender la vida humana en su estructura empírica, tal como la encontramos realizada en "el hombre">.


Desde el inicio interpela al lector: <Lo decisivo es que la verdad filosófica no consiste solo en el momento de la alétheia, el descubrimiento o patentización y, por tanto, la visión; requiere al mismo tiempo el afianzamiento o posesión de la realidad vista; la filosofía es descubrir y ver, poner de manifiesto, si una filosofía no es visual, deja de ser filosofía -o es la filosofía de otros-; pero no basta con ver: hace falta además <dar cuenta> de eso que se ve, dar razón de sus conexiones. Por eso propuse hace algún tiempo una <definición> de la filosofía: la visión responsable>.


Para Julián Marías: <El tema de la persona es de los más difíciles y elusivos de toda la historia de la filosofía, y ello por razones nada casuales; en torno a él ha acontecido quizá la transformación más radical de toda esa historia -o está aconteciendo-, y en rigor se trata, más que de los diferentes maneras de estudiar o interpretar una realidad, de la emergencia de esa misma realidad, de su constitución como tal en el horizonte mental de Occidente>. La cuestión filosófica de la persona es decisiva, no sólo en Occidente, sino en el mundo global que vivimos. Y no se confunda con individuo, que la persona va más allá de yo, pues implica la dimensión comunitaria; ni tampoco con <el hombre>. Prosigue Marías: <Ni siquiera podemos decir "el hombre", porque esto es mucho decir. Cuando unos nudillos llaman a la puerta, preguntamos: <Quién es> (Aunque la filosofía y la ciencia lleven dos mil quinientos años preguntando erróneamente: <Qué es el hombre>, y recibiendo como era de esperar, respuestas inválidas). A la pregunta <quién es> la respuesta normal y adecuada es: <Yo>. Naturalmente, <Yo> acompañado de una -de una voz conocida-, es decir, de una circunstancia>. Para Marías yo implica alguien, no un algo, un objeto. <Ciertamente, cuando digo "yo", "tú" o un nombre propio pienso en un cuerpo... Pero pensamos en un cuerpo en tanto es de alguien. Ese alguien corporal es lo que por lo pronto entendemos por persona>.


Obsérvese cómo se trata, hoy en día, a muchas personas como algo y no como alguien. Se reduce a la persona a su cuerpo, como si no tuviera otras dimensiones como persona. Julián Marías resume las preguntas filosóficas que se plantea el filósofo Kant de este modo:

1) ¿Qué puedo saber? (Metafísica).


2) ¿Qué debo hacer? (Moral)


3) ¿Qué puedo esperar? (Religión)


4) ¿Qué es el hombre? (Antropología).



Y las reduce (lo repite en la obra) a dos: <preguntas radicales e inseparables, cuyo sentido está en intrínseca conexión: 1) ¿Quién soy yo? 2) ¿Qué va a ser de mí? No se trata de <el hombre>, ni de <qué>, sino de <yo> y <quién>.(...)<Cuanto más sé quién soy, cuanto más poseo mi realidad pragmática proyectiva, futuriza, irreal y viviente, cuanto más auténticamente soy "yo" en el modo de vida personal, menos sé qué va a ser de mí, más incierta es mi realidad futura, más abierta a la posibilidad, la invención, el azar y la innovación>. Creo que el cervantino <"yo sé quién soy y sé que puedo ser...> de don Quijote se adelanta en la literatura moderna a la identidad moral de la persona disfrazada de personaje.


Julián Marías pone, entre otros, un ejemplo de lo que dice de Cervantes el diccionario: <Y cuando añade que Cervantes, en su vejez, escribió el Persiles, también va más allá de la teoría general de la vida humana, en la cual nada podría decirse de edades y envejecimiento. Esto es lo que ha escapado a la doctrina de la vida humana; esta es la zona de realidad que llamo estructura empírica; a ella pertenecen todas esas determinaciones que, sin ser ingredientes de la teoría analítica, no son suceso o contenidos, azaroso o causales, fácticos de la vida de Cervantes, sino elementos empíricos pero estructurales, previos por tanto a cada biografía concreta y con los cuales contamos, que funcionan como supuesto de ella>. Luego habla de Aristóteles, y lo esencial del ser animal y de poseer la razón, además de la propiedades específicas humanas, que no poseen el resto de los animales. Para Marías: <Cuando nos interesa la estructura biográfica del estar, es decir, cuando consideramos el <estar> a la vez biográfica y estructural, llegamos a un concepto imprescindible en una teoría del hombre como estructura empírica de la vida, en una antropología en sentido riguroso de la palabra: el de instalación>. Sería la ubicación en el mundo, el modo de situarnos cada persona en su circunstancia. <Un análisis de las formas de instalación tiene siempre un carácter que deberíamos llamar ejemplar - y creo que esto es lo que en el fondo y sin acabar de saberlo quería decir Cervantes cuando llamó a sus narraciones Novelas ejemplares-: cada una de las formas que aislemos y analicemos tiene un carácter <emergente>, en el sentido que es algo que emerge de la totalidad de la instalación>. Cada persona en su cultura debe tener su proyecto de vida. La biografía, la condición sexuada, la clase social, la lengua son formas de estar y ser en el mundo.


Julián Marías alude a su obra, La filosofía del Padre Gratry, para diferenciar <los sentidos> y el <sentido> (que a veces llama sensibilidad): "Para Gratry, pues, el sentido es el órgano primario de la realidad. El alma siente todo lo que hay, y el sentido (se diversifica según modos de realidad que lo afectan; por eso distingue el sentido externo del sentido íntimo y del sentido divino, mediantes los cuales opera el contacto con las cosas, los prójimos (y yo mismo) o Dios, lo cual hace posible su conocimiento ulterior>. Luego trata la relación de la persona y el rostro humano: <La persona está presente en la cara, está viviendo en ella. De ahí la vieja evidencia de que "la cara es el espejo del alma", donde alma quiere decir persona; y yo prefiero -prosigue Julián Marías- que la cara es la persona misma, vista, es decir, presente>.(...) <La persona está presente en el rostro en otro sentido: en el de ser inteligible. No ya que en el rostro encuentre <una> persona; vemos en él a tal persona, con sus rasgos personales relevantes>. Tal vez por eso, para Miguel de Unamuno: <El nombre es el símbolo de la sustancia personal. En el nombre va la persona”.


Reflexiona sobre la razón vital en el hombre y la mujer; y sobre la condición amorosa, para Marías el amor "no es un sentimiento", pues va más allá de la psicología del amor (el propio Ortega habla de la filosofía como ciencia general del amor): <El amor es una realidad de la vida biográfica. Tampoco se puede reducir el amor a un acto o una serie de actos, que es lo que sugiere el uso del verbo "amar"; el amor es primariamente una instalación, en la cual se está y desde la cual se ejecutan actos -entre ellos , los específicamente de amor-; con otras palabras, cuando se está instalado en el amor, desde él se hacen muchas cosas, una de ellas es amar>. Es el sentido que le da María Zambrano en su discurso del Premio Cervantes 1988: <Cervantes era así, un hombre íntegro: había nacido enamorado>. Para Julián Marías: <El enamoramiento consiste en que la persona de la cual estoy enamorado se convierte en mi proyecto... Sin ella, propiamente, no soy yo. Lo cual quiere decir, literalmente, que soy otro que el que antes -antes de enamorarme- era. El enamoramiento consiste, en un cambio de mi realidad, lo que podríamos llamar una variación ontológica>. La ontología de la persona va más allá de la psicología de la persona. Y pone un bello ejemplo de La vida es sueño de Calderón. Otro rasgo del amor: <Nos enamoramos de una persona, la cual es ciertamente corpórea; y entonces amamos su cuerpo, precisamente en cuanto suyo, porque es suyo>.

Por último, veremos un asunto recurrente en su obra filosófica que aborda en el capítulo 28: <La felicidad, imposible necesario>. Para Julián Marías: <La felicidad (o la infelicidad, por supuesto) afecta más bien a la futurización. <Soy feliz> quiere decir primariamente <estoy siendo feliz>, lo cual supone una continuidad proyectiva: <voy a ser feliz> (o, a la inversa voy a entrar en la infelicidad; Azorín escribió en Doña Inés una página de prodigiosa clarividencia sobre este tema). Así, Aristóteles, en Ética a Nicómaco (1169a), dice que: <El hombre feliz necesita amigos>.


Para Julián Marías: <En la medida en la felicidad es la realización de la pretensión, hay que decir que toda vida es feliz, o se que se vive en el elemento de la felicidad. Pero en cuanto la pretensión nunca se realiza adecuadamente, la felicidad aparece como imposible>. El problema para Julián Marías es que el <hombre occidental moderno quiere anticipar la felicidad, quiere <poseerla>, pero entonces se presenta a él en la forma del <por el momento toda va bien>; la estructura vital del emplazamiento hace que la felicidad se viva a plazos>. Por esta razón, prosigue Marías: <La sustitución del mundo por el paraíso es la más peligrosa tentación del hombre respecto a la felicidad>. Y describe otro rasgo metafísico de la realidad radical que es la vida: <Lo decisivo es que la felicidad no es distinta de la realidad de la vida humana. Puede que primero se <es> y luego se es o no se es feliz. No hay tal. La razón fundamental es la menesterosidad de la vida (pobreza o precariedad), en la que tuvimos antes que demorarnos. El hombre es indigente, y no suficiente; su vida consiste en necesitar -lo que le falta y lo que tiene- para ser él mismo. La mismidad se nutre de alteridad -y por supuesto de aliedad-: una vez más, yo soy yo y mi circunstancia, y esta es, como <lo otro>, <los otros>.


El "yo soy yo y mi circunstancia" que decía Marías, sentencia de Ortega y Gasset en Meditaciones del Quijote, tiene un segunda parte, "si no la salvo a ella no me salvo yo". Y esa circunstancia es España. Si aplicáramos esa idea a la España de nuestro tiempo (o cualquier otro país o comunidad cultural), y fuéramos capaces los españoles de convivir en lo que nos une -a los "hunos" y a los "otros" que diría Miguel de Unamuno-, mediante el diálogo como "personas", otro gallo nos cantaría.


Para ir acabando estas pinceladas que inviten a la lectura de la obra, para Julián Marías: <Lo decisivo es la diferencia entre personas y todo lo demás. Y como las personas, por ser corpóreas -alguien corporal-, son también cosas, pueden ser tratadas como cosas, el equívoco nos acecha permanentemente.

La felicidad es siempre personal, nos afecta en cuanto personas; por eso, un criterio seguro para ver si tratamos a los demás como cosas o como personas es ver qué pretendemos y obtenemos de ellos: si los tratamos como cosas, nos darán utilidad, servicio o placer; si los tratamos como personas nos podrán dar felicidad>. Podríamos traer a colación la regla de oro de la moralidad universal: <trata a los demás como quieres que traten a ti>. Norma ética que, de una manera o de otra, está inscrita en todas las religiones y culturas de la tierra. Norman Rockwell pintó este cuadro en las Naciones Unidas.


Decía Aristóteles que hasta que no llegue una persona al final de su vida, no se puede decir que fue completamente feliz, Ética a Nicómaco (1100a): <Pues la felicidad requiere como dijimos, una virtud perfecta y una vida entera, ya que muchos cambios y azares de todo género ocurren a lo largo de la vida, y es posible que el más próspero sufra grandes calamidades en su vejez, como se cuenta de Príamo en los poemas troyanos, y nadie considera feliz al que ha sido víctima de tales percances y ha acabado miserablemente>. La tragedia del COVID_19 es un triste ejemplo de ello. No podía faltar en la Antropología metafísica la meditación sobre la muerte y cómo nos afecta. <La muerte de una persona que par mí radicalmente lo es -sobre todo de la persona amada, que no es sino persona- resulta ininteligible y, en cierto modo, increíble. Cuando Gabriel Marcel dice: "Toi que j'aime, tu ne mourras pas", tú a quien amo no morirás, está expresando en forma ejecutiva, convivencial, esa misma intuición>. Y la muerte personal le hace reflexionar a Marías, y a los lectores como personas de carne y hueso también, para saber <a qué atenernos en la vida> y qué significa <morir>. <Sólo así podremos, concluye Julián Marías, hacernos la pregunta decisiva: ¿Qué será de mí? Y solo con esta, en inexorable conflicto con ella, adquirirá sentido la otra: ¿Quién soy yo?>. Lector: tu persona tiene la palabra.



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