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  • José María Callejas Berdonés

Visiones del Quijote desde la crisis española de fin de siglo. Prólogo Luis Alberto Cuenca. (1).


Dos apuntes para los lectores de la obra que reseñamos, en el primero, resaltamos del prólogo de Luis Alberto Cuenca: <El año de 1898, con la pérdida de las provincias de ultramar, supuso un punto de inflexión muy importante en la historia de España y, sobre todo, en nuestra manera de ver el mundo y de sentir y pensar nuestro país. Siete años más tarde, en 1905, se conmemoraba con gran intensidad y profusión de medios el tercer centenario de la publicación de la primera parte del Quijote. El acontecimiento cervantino se relacionó e implicó íntimamente con los tristes sucesos que tuvieron lugar en 1898, como no podía ser de otra forma, y la relectura del Quijote por parte de los pensadores e intelectuales de la llamada Generación del 98 se convirtió en una lectura de los males que aquejaban a España y en el despliegue de un abanico de propuestas para regenerar el país. Habíamos tocado fondo en el transcurso de nuestra decadencia, y a partir de ese instante hubo la impresión generalizada en la ciudadanía española y en sus líderes de opinión de que de nada servía lamentarse y de que lo que tocaba no era llorar, sino salir del hoyo, apretar los puños y mirar al futuro con optimismo>. Sus palabras podemos aplicarlas a la triste encrucijada de la España actual, pues hay quienes pretenden, en nombre del progreso, levantar un muro entre españoles, volar los puentes del diálogo y poner en peligro el Estado de Derecho de la Transición Democrática que dio luz a la Constitución de 1978.


En el segundo apunte, felicitamos a Jesús García Sánchez, autor de la espléndida selección de textos sobre la obra de Miguel de Cervantes y las repercusiones del Quijote en la cultura española, además, de ser la persona que, según L. A. Cuenca-: <ha investigado sobre esta plétora de publicaciones acerca del Quijote surgidas en el tránsito del siglo XIX al XX, les ha concedido una prórroga razonable que se extiende a lo largo de unas décadas, y ha elaborado con estos una completísima antología de opiniones sobre el Quijote vertidas por los más ilustres representantes de la literatura española del momento... Aquí hay aportaciones -cito por orden alfabético- de Leopoldo Alas Clarín, Gabriel Alomar, Manuel Azaña, Pío Baroja, Américo Castro, Ángel Ganivet, Ramón Gómez de la Serna; Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Manuel Machado, Salvador de Madariaga, Ramiro de Maeztu, José Martínez Ruiz Azorín, Gregorio Martínez Sierra, Marcelino Menéndez y Pelayo, Ramón Menéndez Pidal, Francisco Navarro Ledesma, José Ortega y Gasset, Ramón Pérez de Ayala, Benito Pérez Galdós, Santiago Ramón y Cajal, Blanca de los Ríos, Francisco Rodríguez Marín, Claudio Sánchez Albornoz, Matilde de la Torre, Miguel de Unamuno y Ramón del Valle-Inclán. Ni más ni menos>. Todo un elenco de escritores que encantarán a los lectores y que enriquecerán su personal visión del mundo, pues El Quijote es un homenaje de Miguel de Cervantes al diálogo entre las personas y los pueblos.



Por otra parte, invito a los lectores a leer algunos textos clarividentes del libro que, en mi opinión, son una prueba elocuente de la rica pluralidad de enfoques de la obra de Miguel de Cervantes y de Don Quijote de la Mancha. Seguiré el orden del índice de la obra hasta Ramiro de Maeztu, y el resto de los autores los expondré en una segunda entrada.


Benito Pérez Galdós: <Por su identificación intensísima con la vida nacional es Don Quijote de la Mancha el más clásico, el más contemporáneo de todos los libros. Su actualidad es eterna y abraza desde las más remota edad en que el libro fue impreso hasta los días en que hoy corre nuestra existencia. En la geografía intelectual continúa siendo el verdadero mundo nuestro, donde nunca se pone el sol. Eterno día lo ilumina desde las planicies manchegas hasta las cimas de los Andes. El espíritu paladín del honor y la justicia con su fiel escudero, más atento a sus alforjas que a los altos principios, recorres medio mundo, campos y ciudades, con la realidad viviente que les da el idioma castellano. El idioma es el alma, la voz y el gesto de aquellos seres, y de él reciben toda su hermosura y majestad>. Una carta sobre el Quijote. La Prensa de Buenos Aires. 1905.


Leopoldo Alas "Clarín": <Acabo de leer el Quijote otra vez. Soy de los que cumplen, en realidad, con aquel buen consejo de leerlo cada dos o tres años.

Carmen nostrum necessarium (nuestra poesía necesaria) llamaba Cicerón a las Doce Tablas, que los buenos romanos aprendían de memoria.

El Quijote debería ser el Carmen nostrum necessarium de los españoles.

Por desgracia, no lo es. Hay que confesarlo, entre nuestras muchas clases de decadencia hay que contar también esta; decae la lectura del Quijote...

Mil veces, leyendo a mis filósofos, sabios, poetas y novelistas favoritos, de extrañas tierras, he pensado: ¡Qué lástima que este espíritu no hubiese penetrado y recordado bien el de Cervantes! La cita del Quijote estaba muchas veces indicada... y no venía. En Carlyle, en Renan, por ejemplo ¡cuántas veces la asociación de ideas llamaba al ingenioso hidalgo... y no venía!>. Del Quijote (notas sueltas). Siglo pasado. 1901.


Santiago Ramón y Cajal: <Todos los grandes soñadores aspiran a realizar sus ensueños, a vestir sus quimeras de carne y sangre, lanzando al mundo un tipo humano diferente y superior al actual, creador de una corriente de vida poderosa y arrolladora de las barreras levantadas por el sentimiento, el interés y la tradición. Diríase que es la idea que aspira a cuajarse en materia, que, surgida en el cerebro como eco lejano de la realidad, pugna por remontarse a su fuente y erigirse en tirana y maestra de la naturaleza misma.

Esta importante ley psicológica, bien conocida de Cervantes, cúmplese en don Quijote. También éste acaricia un ensueño luminoso y quiere vivirlo y hacerlo vivir a los demás, hermoseando y ennobleciendo la tierra con sus mágicos destellos… 

Más de una vez me he preguntado: ¿por qué Cervantes no hizo cuerdo a su héroe? La defensa briosa y elocuente del realismo en la esfera del arte, no exigía necesariamente la insania del caballero del ideal. Convengamos, empero, en que un Quijote meramente filántropo, aunque apasionado y vehemente, no habría abandonado de buen grado las blanduras y regalos de la vida burguesa, para lanzarse a las arriesgadas y temerarias aventuras. Y aun dado caso que la codicia de gloria y el ansia de justicia fueran poderosas a sacarle de sus casillas, llevándole a militar denodadamente contra el egoísmo y la perfidia del mundo, ¿habrían dado pie sus gestas, en tanto que materia de labor artística, para forjar los épicos, maravillosos y sorprendentes episodios que todos admiramos en el libro inmortal y que tan alto hablan del soberano ingenio y vena creadora del Príncipe de nuestros prosistas?

Sin duda, a causa de esta obligada anormalidad mental de don Quijote, que le impulsaba a provocar los lances más descomunales y peligrosos, el tono general de la novela es de honda melancolía y desconsolador pesimismo...

El quijotismo de buena ley, es decir, el depurado de las roñas de la ignorancia y de las sinrazones de la locura, tiene, pues, en España un ancho campo en que ejercitarse. Rescatar las almas encantadas en la tenebrosa cueva del error; explorar y explotar, con altas miras nacionales, las inagotables riquezas del suelo y del subsuelo; descuajar y convertir en ameno y productivo jardín la impenetrable selva de la Naturaleza, donde se ocultan amenazadores los agentes vivos de la enfermedad y de la muerte: modelar y corregir, con el buril de intensa cultura, nuestro propio cerebro, para que en todas las esferas de la humana actividad rinda copiosa mies de ideas nuevas y de las invenciones provechosas al aumento y prosperidad de la vida...: he aquí las estupendas y gloriosas aventuras reservadas a nuestros Quijotes del porvenir>. Psicología de don Quijote y el quijotismo. Discurso leído en el Colegio Médico de San Carlos de Madrid (en la sesión conmemorativa de la publicación del Quijote).1905.


Marcelino Menéndez y Pelayo: <Don Quijote se educa a sí propio, educa a Sancho, y el libro entero es una pedagogía en acción, la más sorprendente y original de las pedagogías, la conquista del ideal por un loco y por un rústico, la locura aleccionando y corrigiendo a la prudencia mundana, el sentido común ennoblecido por su contacto con el ascua viva y sagrada del ideal. Hasta las bestias que estos personajes montan participan de la inmortalidad de sus amos. La tierra que ellos hollaron quedó consagrada para siempre en la geografía poética del mundo, y hoy mismo, que se encarnizan contra ella hados de nobleza, y las familiares sombras de sus héroes continúan avivando las mortecinas llamar del hogar patrio atrayendo sobre él el amor y las bendiciones del género humano>. Cultura literaria de Cervantes y elaboración del Quijote. Discurso en la Universidad Central. 1905.


Blanca de los Ríos: <¿Habrá violencia o inverosimilitud en suponer que los dos cursos de Filosofía durante dos años consecutivos que, según el consabido testimonio, siguió Cervantes en aquel estudio, fuesen los de 1582 a 1583 y 1583 a 1584?... De acuerdo con la tradición hállase el testimonio expreso de D. Tomás González, sujeto por su erudición y por su carácter religioso harto digno de crédito, el cual, siendo catedrático de Retórica de la Universidad de Salamanca, aseguró a Navarrete haber visto entre los apuntamientos de sus antiguas matrículas el asiento de Miguel de Cervantes para el curso de Filosofía durante dos años consecutivos, con expresión de que vivía en la calle Moros... A mi juicio -prosigue Blanca de los Ríos- no cabe dudar de que la Galatea escrita de 1582 a 1583, y es harto verosímil suponer, así por el estímulo de cultura que revela su autor, como por las tendencias retóricas y disertadoras y los conatos filosóficos que de sus versos y prosas transpiran, y no menos por el significativo testimonio de González de Bobadilla, de quien conservaba Cervantes tan larga memoria, que aquel poema pastoril, con sus puntas y ribetes de erudición y ergotismo, nació de la estancia de su autor en las escuelas salmanticenses>. ¿Estudió Cervantes en Salamanca? La España Moderna.1899.


Miguel de Unamuno: <Y yo di un ¡muera Don Quijote!, y de esta blasfemia, que quería decir todo lo contrario que decía -así estábamos entonces-, brotó mi Vida de Don Quijote y Sancho (obra que empezó a escribir en1904) y mi culto al quijotismo como religión nacional.

Escribí aquel libro para repensar el Quijote contra cervantistas y eruditos, para hacer obra de vida de lo que era y sigue siendo para los más letra muerta. ¿Qué me importa lo que Cervantes quiso o no quiso poner allí y lo que realmente puso? Lo vivo es lo que yo allí descubro, pusiéralo o no Cervantes, lo que yo allí pongo y sobrepongo y sotopongo, y lo que ponemos allí todos. Quise rastrear nuestra filosofía.

Pues abrigo cada vez más la convicción de que nuestra filosofía, la filosofía española, está líquida y difusa en nuestra literatura, en nuestra vida, en nuestra acción, en nuestra mística, sobre todo, y no en sistemas filosóficos. Es concreta. ¿Y es que acaso no hay en Goethe, verbigracia, tanta o más filosofía que en Hegel? Las coplas de Jorge Manrique, el Romancero, el Quijote, La vida es sueño, la Subida al Monte Carmelo, implican una intuición del mundo y de un concepto de la vida Weltanschaung und Lebensansicht. Filosofía esta nuestra que era difícil formularse en esa segunda mitad del siglo XIX, época afilosófica, positivista, tecnicista, de pura historia y ciencias naturales, época en el fondo materialista y pesimista.

Nuestra lengua misma, como toda lengua culta, lleva implícita una filosofía(…)

Y el Don quijote no puede decirse que fuera en rigor idealismo; no peleaba por ideas. Era espiritualismo; peleaba por espíritu.(…) ¿Y qué ha dejado Don Quijote?, diréis. Y yo os diré que se ha dejado a sí mismo, y que un hombre, un hombre vivo y eterno, vale por todas las teorías y por todas las filosofía. Otros pueblos nos han dejado sobre todo instituciones, libros; nosotros hemos dejado alma. Santa Teresa vale por cualquier instituto, por cualquier Crítica de la razón pura.(…)

Murió Don quijote y bajó a los infiernos, y entró en ellos lanza en ristre, y libertó a los condenados todos, como a los galeotes, y cerró sus puertas, y quitando de ellas el rótulo que allí viera Dante puso uno que decía: ¡viva la esperanza!, y escoltado por los libertados, que de él se reían, se fue al cielo. Y Dios se rió paternalmente de él y esta risa divina le llenó de felicidad el alma>. Del sentimiento trágico de la vida. En los hombres y en los pueblos. 1913.


Ángel Ganivet: <No existe en el arte español nada que sobrepuje al Quijote, y el Quijote, no sólo ha sido creado a la manera española, sino que es nuestra obra típica, la obra por antonomasia; porque Cervantes no se contentó con ser independiente: fue un conquistador, fue el más grande de todos los conquistadores, porque mientras los demás conquistadores conquistaban países para España, él conquistó a España misma, encerrado en su prisión. Cuando Cervantes comienza a idear su obra, tiene dentro de sí un genio portentoso; pero fuera de él no hay más que figuras que se mueven como divinas intuiciones; después coge las figuras y las arrea, pudiera decirse, hacia adelante, como un arriero arrea a los borricos, animándoles con frases desaliñadas de amor, mezcladas con palos equitativos y oportunos. No busquéis más artificio en el Quijote. Está escrito en prosa y es como esas raras poesías de los místicos, en las que igual da comenzar a leer por el fin que por el principio, porque cada verso es una sensación pura y desligada, como una idea platónica>. De Idearium Español. 1897.


Ramón del Valle-Inclán: <Recuerda -se refiere a Clarín- cómo en una ocasión de esos centenarios de Cervantes se hizo alguna edición de El Quijote, y de cómo se leyó en la corte, y como reían todos la escena que más tarde, al pasar al teatro español la celebración de aquellas veladas reían también las clases elevadas y las clases burguesas. La escena de "Los galeotes"... Y seguían sin comprender el Quijote y un día Díaz de Mendoza repartió las localidades entre el vulgo y la tropa, y entonces surgió el gesto de revelación cuando el pueblo bajo, el único ahíto de justicia, rugió en un ¡ah! de protesta ante las injusticias de los malvados que se burlaban de su salvador...

Confío -dice el orador- en la buena entraña del pueblo más que en la de las clases elevadas que le dirigen>. En El Carbayón. Oviedo. 2-IX-1926.

<El español está siempre un poco por encima de sus personajes, es un demiurgo que mira a sus hijos, en el caso más benigno, con benevolencia de ser superior. Cuando se siente ternura por ellos procura no demostrarlo o da a sus expresiones un toque burlón. Si un francés hubiera escrito El Quijote, a cada paso le estaría llamando "¡Oh, mi héroe! ¡Oh, mi héroe!", extasiado ante sus hazañas. Cervantes, en el fondo, admira a Don Quijote y siente por él una gran ternura, pero tiene el pudor de sus sentimientos y no lo deja traslucir. La crueldad, la indiferencia ante el dolor es una cualidad muy española>. La crueldad española. Estampa. 1928.


Vicente Blasco Ibáñez: <Entre la enorme pléyade de genios que fueron, sólo dos conservan frescas sus glorias y sólo dos han estado en más contacto con el pueblo: Cervantes y Shakespeare.

Ambos pintaron la vida intensamente y crearon figuras que pasaron a la humanidad; y hay que convenir que, en lo que se refiere a la oportunidad, éxito y juventud de las glorias, Cervantes está más cerca que Shakespeare. Es que Cervantes es el príncipe de la novela, y la novela es el género literario que permite permanecer en contacto más permanente con el público. Shakespeare, para ser puesto en escena, necesita modificaciones y adaptaciones al gusto de la época. Cervantes permanece siempre grande, como esos peñascos que están junto al torrente y que, en vez de disminuir el volumen por los embates del agua, lo aumenta con la agregación de la vegetación que en su en torno se acumula. En el mismo público, entre el vulgo, en las situaciones ordinarias de la vida, se recuerda a Cervantes a cada momento. Nunca oiréis decir que fulano se parece a Hamlet ni al rey Lear; pero estéis donde estéis, en cualquier país civilizado donde se hable o no el idioma español, cada vez que se trate una persona de recios empujes por los grandes ideales, se dirá que es un don Quijote, y cada vez que se hable de una persona de espíritu materialista y estrecho, se dirá que es un Sancho Panza.

¿Qué es lo que esto demuestra sino que las dos grandes creaciones de Cervantes son infinitas personalidades destinadas a reproducirse en el infinito de los tiempos?

La gran mayoría de los novelistas no aspiramos sino a que quede de nosotros una faceta o una chispa; pero Cervantes es el primero de los novelistas en el doble sentido de la palabra. Primer novelista, porque nadie le ha superado en la creación de tipos, y primer novelista, porque en el orden cronológico es el primero que aparece, asiendo así el creador de la novela moderna>. Discursos Literarios. Valencia. 1966. (Caricatura de Vicente Blasco Ibáñez de Manuel Tovar, en la Revista Don Quijote (31 de enero de 1902).


Ramón Menéndez Pidal: <Una vez que Cervantes rectificó la conexión de la locura del hidalgo con el Romancero, pudo libremente conducir el protagonista hacia su perfección. Don Quijote, desde su primera salida, se había ya propuesto enmendar sinrazones y castigar a los soberbios; pero en esto no se diferencia todavía gran cosa del grotesco Bartolo, que se encara con el zagalón perseguidor de la pastora. Sólo en el citado capítulo VII, en que termina la sugestión del Entremés, el hidalgo eleva su locura a un pensamiento comprensivo y expresa la necesidad que tenía el mundo de que en él se resucitase la caballería andante; se reviste así de una misión, y en esta frase fugaz apunta el momento genial de la concepción de Cervantes, pues es cuando el autor empieza a mirar las fantasías del loco como un ideal que merece respeto, es cuando se decide a pintarlo grande en sus propósitos, pero fallido en la ejecución de ellos. Acaso la primera mezcla equivocada del Romancero sirvió a Cervantes para salvar la parte heroica que había en los libros de caballerías. Coincidían éstos con la epopeya, según hemos apuntado, en el tipo de perfección caballeresca, y don Quijote va cumpliendo en sí tanto el ideal de ésta como el de aquéllos, cuando ya afirmándose en su amor a la gloria, en su esfuerzo inquebrantable ante el peligro, en su lealtad ajena a todo desagradecimiento, en no decir mentira así le asaetearan, en conocer y juzgar el derecho acertadamente, en ayudar a todo necesitado, en defender la ausente, en ser liberal y dadivoso, en ser elocuente, y hasta en entender de agüeros y desear quebrantar los que se muestran adversos, según hacían los viejos héroes españoles. Los poemas caballerescos añadían al ideal de la epopeya una perfección más: el ser enamorado; y ante don Quijote surge Dulcinea, porque «el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, cuerpo sin alma». Así, de las embrolladas aventuras de los libros de caballerías sacaba el desbarajustado pensamiento de don Quijote un ideal heroico puro, que entroncaba con el de la antigua epopeya>.

Un aspecto en la elaboración del Quijote. Discurso en el Ateneo de Madrid. 1920.


Francisco Navarro Ledesma: <El episodio misteriosamente, esotéricamente simbólico del cabrero que va en pos de la hermosa cabra fugitiva, nos causa hoy una vaga inquietud. Esa cabra que, cuando su amo cuenta la historia de Leandra la antojadiza, mirándole el rostro daba a entender que esta atenta, ¿qué significa? He aquí un incidente del más alto valor filosófico y esotérico en el que nadie se ha fijado. ¡Cuántas veces el combativo, el desgraciado Cervantes, sentiría perdérsele la razón, extraviársele la inteligencia, desmayarle la voluntad y exclamaría, como el cuitado pastor filósofo: -¡Ah, cerrera, cerrera, manchada, manchada. ¿y cómo andáis vos estos días de pie cojo? ¿Qué lobos os espantan?...

Y los lobos, que son los hombres unos para otros, aullaban en torno de él>.

De El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra. Sucesos de su vida. 1905.



Pío Baroja: <Cervantes es para mí un espíritu poco simpático; tiene la perfidia del que ha pactado con el enemigo (la Iglesia, la aristocracia, el poder) y lo disimula; filosóficamente, a pesar de su amor por el Renacimiento, me parece vulgar y pedestre; pero está sobre todos sus contemporáneos por el acierto de una invención, la de Don Quijote y Sancho, que es en Literatura lo que el descubrimiento de Newton es en Física>.

La ciudad y extramuros. Juventud, egolatría. 1917.



Gabriel Alomar: <La caballería había muerto. Pero, contra su espíritu, el Renacimiento había levantado otro bien concreto y material, bien patente y vivo. Y el Quijote, que lamentaba irónicamente la era desvanecida, no cantaba idealmente la era victoriosa. Hablaba más de ayer que de mañana; y si en su fondo cabe ver sólo su afán burgués de acabar con los libros de caballerías, habría que añadir que la obra está falta de espíritu poético, ya que la Poesía, afirmación suma, porque es una suma creación, no puede tener nunca por fin la exclusiva negación.

Por tanto es más necesaria la ayuda de nuestra fantasía de lectores para suplir la poesía ausente; no la poesía ausente; no la poesía del medio, tan viva y palpitante, sino la del fin; por eso nosotros sustituimos inconscientemente con la eterna poesía y afirmación del Hombre triunfante de la Naturaleza (cosa, de seguro, ausente del libro) la parodia negativa de la cultura muerta. T así el Quijote, ese libro que, en manos del pedagogo o del burócrata aparece como una obra de burla o un largo sainete propio para matar el tiempo y alejar la melancolía, es en nuestras manos la crucifixión expiatoria de su redentor que, a horcajadas sobre Rocinante, su instrumento de befa, pasa entre las turbas, no como Jesús en la pollina, entre ramos y palmas y hossannas, sino entre una lluvia de dicterios, rescatando los sentimientos oprimidos por la bajeza mundial; y vierte la sangre sobre el ingrato terruño para atestiguar una verdad perseguida, legando a la posteridad una memoria salvadora y eterna.

Y así nuestro homenaje no se dirigirá propiamente a Cervantes, hijo legítimo de su raza y de su tiempo, sino a un don Quijote; y rescatará las ofensas que a éste infieran en el libro; y rehabilitará ante el mundo, elevándola en todo el esplendor de su magnífica y fecunda poesía. Entonces Don Quijote será nuestra obra; será nuestro exclusivamente>. Sobre el Quijote (notas marginales). Caracas. 1912.


José Martínez Ruiz Azorín: <Y bien: ¿comprendéis cómo en esta casa del caballero del Verde Gabán ha de causar una emoción tremenda la llegada de este extraño personaje de la Triste Figura? Don Quijote no tiene plan ni método; es un paradojista; no le importan nada las conveniencias sociales; no teme al ridículo; no tiene lógica en sus ideas ni en sus obras; camina al azar, desprecia el dinero; no es servidor, no para mientes en las cosas insignificantes del mundo. ¿Qué hombre estupendo es éste? ¿Qué concepto es el suyo de la vida y qué es lo que se propone andando en esta forma por los caminos?


Don Diego no lo sabe; él no acierta a decidir lo que es a punto fijo este caballero que ha traído consigo. ¿Es un loco? ¿Es un sabio? El conflicto acaba de plantearse en esta casa; ya las dos modalidades del espíritu - la que representa don Quijote y a que simboliza don Diego- se hallan en pugna...

Y de pronto aparece en la casa este absurdo don Alonso Quijano. Lorenzo y don Quijote tienen una animada charla; Lorenzo lee sus poesías al caballero errante.

¡Viven los cielos -grita entusiasmado don Quijote-, viven los cielos, mancebo generoso, que sois el mejor poeta del orbe!

Y la batalla está perdida, o, si os place, ganada- Lorenzo no será ni agricultor ni comerciante. Y yo os pregunto, amigas mías, buenos amigos: ¿qué creéis que importa más para el aumento y grandeza de las naciones: estos espíritus solitarios, errabundos, fantásticos y perseguidores del ideal, o estos otros prosaicos, metódicos, respetuosos con las tradiciones, amantes de las leyes, activos, laboriosos y honrados, mercaderes, industriales, artesanos y labradores?

Sintamos una cordial simpatía por los primeros; pero, al mismo tiempo -y ésta es la humana y perdurable antinomia que ha pintado Cervantes-, deseemos tener una pequeña renta, una tiendecillas o unos majuelos>. De Con Cervantes. Buenos Aires. 1947.


Manuel Machado: <Cuando vi en París, representada en el Chàtelet a modo de "féerie", la obra inmortal, experimenté una de las más extrañas sensaciones de mi vida. Todo el mundo se figura que era como <Don Quijote>; pero, quién se atrevería a fijarlo en el lienzo o en el papel con carácter definitivo? ¡Y en la escena mucho menos! ¿Qué hombre puede representar aquella figura divina... de puro humana? Sin embargo, a la salida del generoso hidalgo y su escudero a través de los soleados yermos manchegos, pintados en la decoración, un estremecimiento de grandeza y de ensueño me sacudió en la butaca. ¡Quién sabe!... Admiración atávica, amor patrio, sentimentalismo literario... mil cosas juntas. ¡Don Quijote y Sancho! Sin poderlo remediar, lágrimas de emoción se agolpan en mis ojos... Luego aquellos personajes se pusieron a hablar francés, y la ilusión se repitió ya pocas veces en la noche.


Los amigos de Le Journal me pidieron entonces unas cuartillas sobre Cervantes en el teatro. Me excusé prudentemente. Hoy, sin embargo, no sé por qué, se me reúnen unos cuantos recuerdos de esta índole, y así, sin arte, como el que los echa de la memoria para dar lugar a otra cosa, voy a dejarlos consignados aquí.

Lo más antiguo que conozco del "Quijote" en el teatro, no es todavía el "Quijote": es el "Retablo de las maravillas", del propio Cervantes, un esbozo de aquel otro retablo movido y explotado por Ginés de Pasamonte bajo el nombre de "Maese Pedro">. De El amor y la muerte. 1913.


Ramiro de Maeztu: <Y aquí, para nosotros (el doctor Whitney), ¿cree usted oportuno propagar entre los niños la lectura del Quijote cuando se habla de una joven España, cuando sueñan ustedes los románticos con rehacer el templo de la raza?...

No sé si es obra realista; lo que afirmo es que el Quijote ha de ser libro para viejos y no para muchachos, lo que aseguro es que tiene entre manos la obra más grande, más genial, más completa que ninguna decadencia ha producido.


-(Doctor Whitney): ¡Don Quijote, libro decadente!... ¿Está usted loco?

-Nunca más cuerdo... Yo no entiendo por decadencia aquel período en que los escritores de un pueblo, incapaces de abarcar las líneas grandes, sólo se fijan en los detalles, en los juegos sutiles de palabras; eso ya no es decadencia: eso es el fin. La decadencia empieza más atrás, cuando se quieren cosas que no se pueden realizar, cuando tenemos que declararnos vencidos ante el ensueño imposible, cuando lo real, humillado frente al ideal inhiesto, se encoge y se anonada. Y si no me equivoco en ese juicio, ¿cabe mejor ejemplo de libro decadentista que el Quijote?

-¡Lo veo, doctor! ¡Usted es inglés; usted ha leído el pasaje donde dice lord Byron que fue el Quijote un gran libro que mató a un pueblo!...


Algo más ha de haber en el Quijote cuando no falta quien creyó arrancar de sus páginas un sistema filosófico, un programa de gobierno, una síntesis de teología y hasta un tratado de estrategia... ¿Es todo esto locura? Locura, tal vez, los resultados; no la intención. Locura fue la astrología en la Edad Media; no el propósito de ensanchar la vida humana uniendo nuestro destino al de los astros y al de la tierra. Pero yo veo en el Quijote algo más positivo y más funesto; de ahí que no recomiende su lectura a los jóvenes de la nueva España; yo veo en el Quijote el espejo más acabado y la apología más genial de la decadencia, del cansancio de un pueblo...

(Tras recordar Ramiro de Maeztu rasgos biográficos del alcalaíno), prosigue: <En medio de estos y de otros muchos ajetreos, fue pensado y escrito Don Quijote de la Mancha. ¡Dios Santo!, la fuerza humana tiene su límite. Luego Cervantes al escribir el Quijote se encontraba cansado, añoraba el descanso, con él soñaba, y en esta necesidad de descansar hemos de ver el sentido íntimo de la obra>. Las paradojas del doctor Whitney. 1903. En Cuadernos hispanoamericanos, nº4, 1952.











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